Yo asimismo fui bagger.
Como puertorriqueño, cada vez que me preguntan por qué me identifico con Bad Bunny, lo primero que viene a mi mente es que, en algún momento de nuestras vidas, entreambos fuimos empacadores de supermercado.
Muchas otras personas de mi entorno asimismo lo fueron: compartimos un pasado global con la sino del pop latino que este domingo protagonizó el show de medio tiempo del Supertazón.
Y, por supuesto, me refiero a nuestro origen y no a la mera experiencia de ingresar víveres o tirar carritos de operación bajo el fogoso sol del Caribe.
Mucho ha pasado para Benito Martínez Ocasio desde aquel entonces.
En la cima de su carrera, tras una división de hitos y récords, se presentó casi por completo en gachupin en el Levi’s Stadium de California para 125 millones de espectadores.
Mientras interpretó éxitos como “Tití me preguntó” o “Zapateo inolvidable”, se paseó por una escenografía que representaba los cañaverales que alguna vez fueron el centro de la patrimonio del departamento, una casita rural o El Morro, el icónico resistente colonial del Vetusto San Juan.
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Salsa, reguetón, granada y plena sonaron en el espectáculo deportivo más importante de EE.UU.

Aunque llevó un mensaje de unión en el que hizo narración a los latinos en militar, una vez más, el intérprete cantó desde y para Puerto Rico.
Como señalan las académicas Vanessa Díaz y Petra R. Rivera Rideau en el manual P FKN R: How Bad Bunny Became the entero voice of Puerto Rican resistance, el éxito de él emana de la “íntima conexión que mantiene con la isla”.
Por supuesto, su figura es controvertida y no apela a todos los boricuas por igual.
Pero muchos vemos en sus humanidades y ritmos, al igual que en su imagen, un refleja de nuestra ingenuidad y de las tensiones de crecer en un lado con identidad propia, pero que existe legalmente en el interior del país más poderoso del mundo.
Lo que me une al “Conejo Malo”
Como Benito, crecí en un pueblo pequeño. Él en Vega Desaparecido, al boreal, mientras que yo en San Lorenzo, en el sureste.
Sus padres eran una maestra de escuela y un conductor de camiones sin contactos en la industria musical. Mi mama, allá de los medios, era operaria de factoría.
Mi preliminares, como la suya, según describió el intérprete en una entrevista con la escritora Carina del Valle Schorske, se sentía “allá” del bullicio de San Juan, pese a que la haber nos quedaba a solo 45 minutos en utilitario.
Cada delirio a la llamamiento “zona metropolitana”, continúa el escrito publicado en The New York Times, para él era un “evento”.
En mi clan igual: alborear, usar ropa bonita, pensar en qué podríamos comer.
La mayoría de las veces, el propósito de esos paseos a la haber era pasar revista Plaza Las Américas, un enorme centro comercial en el que, suscribo a Benito, en su interior “uno no sabía ni dónde estaba para’o”.

Yo asimismo aprendí inglés de adulto y lo hablo con acento no nativo, pese a que soy ciudadano estadounidense, como todos los que nacemos en Puerto Rico.
Para nosotros, en ocasiones, dominar otra jerga depende de la capacidad económica para costear clases privadas.
No es un detalle beocio que según los datos más actualizados del Censo de EE.UU. solo un 22% de la población de la isla dice cuchichear inglés “muy perfectamente”.
Desconectados por la errata de transporte notorio válido, sin turistas ni grandes eventos, el día a día en nuestros pueblos transcurría cachazudo, aunque afectado por una crisis de deuda pública y una posterior bancarrota que provocó profundos estragos políticos, sociales y económicos.
En las pasadas tres décadas vimos cómo las dificultades fiscales nos dejaron una infraestructura eléctrica inerme a huracanes y apagones constantes, migración masiva, violencia, vallado de escuelas y una universidad pública disminuida.
Ya desde 2018, en “Ser Bichote”, canción de su cuaderno presentación, el intérprete decía: “Se cierran escuelas mientras se abren puntos. Entonces, ¿qué hago? Dime, te interrogo, eh”.
El “punto” es como llamamos a los lugares de cesión ilegal de drogas de los cuales nuestros padres siempre nos advertían.
La narración, quizás, solo la entendimos nosotros y el resto se conformó con bailarlo.
Una puerta al mundo
Otros boricuas, pese a no deber tenido experiencias parecidas a las del cantante, se sienten orgullosos, precisamente por la forma en que su música denuncia nuestros problemas y, a la vez, es un símbolo de nuestra civilización e idiosincrasia.
Este domingo lo vimos en California y frente a decenas de millones recreando (y denunciando) nuestro maltrecho tendido eléctrico para cantar “El Corte”.
Pero asimismo usó símbolos como la pava, sombrero de los antiguos campesinos de la isla, y el sapo concho, una especie endémica amenazada.
En sus temas, mezcla romanticismo con referencias al mal estado de las carreteras de Puerto Rico como en “BOKeTE” y acento de la persecución que alguna vez enfrentó el movimiento independentista de la isla en “LA MuDANZA”.
En esta última canta: “Aquí mataron muchedumbre por sacar la bandera / Por eso es que ahora yo la llevo donde quiera”, Super Bowl incluido.
Puerto Rico tiene poco ganancia para influir a confianza de soluciones en la política franquista de EE.UU.
Quienes viven en la isla no pueden participar en las elecciones presidenciales y su representante frente a el Congreso no tiene derecho a voto.
Sin soberanía, relaciones bilaterales o décimo en organismos internacionales, sabemos que la civilización es nuestra única puerta al mundo. Bad Bunny ha conseguido abrirla como nunca ayer.
Un intérprete para más de una procreación

Con Bad Bunny el reguetón llegó a lugares insospechados. Hace tan solo una semana hacía historia en los Grammy al superar Mejor Cuaderno del Año con un disco enteramente en gachupin, “Debí tirar más fotos”.
Con raíces en Panamá y Nueva York, pero internacionalizado en gran parte gracias a los artistas de Puerto Rico, fue un tipo perseguido durante abriles en la isla.
En su mayoría, eran jóvenes de comunidades pobres y de ascendencia afrocaribeña quienes lo cantaban y escuchaban en clubes “clandestinos” que sufrían redadas de la policía.
Con el tiempo y el trabajo de artistas como Daddy Yankee, Tego Calderón y Don Omar, a quienes Benito homenajeó en el Super Bowl, se convirtió en un tipo popular que muchos de nosotros crecimos escuchando en las estaciones de radiodifusión y en nuestros dispositivos.
Pero, como me dijo el profesor Albert Hueco en una entrevista para BBC Mundo el año pasado, asimismo se transformó en un intérprete apreciado más allá del notorio reguetonero.
Las fusiones inesperadas que hace del reguetón y el trap con la salsa y el merengue, con géneros típicos como la granada y la plena, y con otros del resto de América Latina, “presentan la oportunidad de tener una conversación entre varias generaciones”, explicó el diestro.

Poco que asimismo impulsa el cantante, y que es un logro del reguetón, es la reivindicación del gachupin puertorriqueño.
Mientras que en el pasado los artistas latinos cantaban en inglés para asistir al mercado anglosajón, Bad Bunny lo hace con nuestras palabras y nuestra guisa de cuchichear.
Es ese mismo gachupin que durante décadas hemos luchado por preservar, incluso frente a los intentos de EE.UU. de imponer el inglés como primer idioma.
“Durante mucho tiempo, las lenguas caribeñas han sido despreciadas como derivadas, adulteradas y analfabetas”, escribe Carina del Valle Schorske en su perfil del intérprete para The New York Times.
Y, como ella dice en su texto, yo asimismo he escuchado más de una vez a determinado opinar que mi gachupin es inentendible. Aún lo oigo de algunas personas cuando hablan sobre las canciones de Bad Bunny.
De hecho, el propio presidente de Estados Unidos, Donald Trump, escribió en la red social Truth Social el domingo: “Nadie entiende ni una palabra de lo que dice este tipo”.
Pero otros, gracias a la belleza de la música, intentan acercarse a nuestro gachupin para entender mejor cuando su boricua predilecto dice “pichear” (ignorar) o “janguear” (salir de fiesta). Quizás el mejor ejemplo del Super Bowl haya sido Lady Gaga salsera.
MAG, productor y colaborador de Bad Bunny desde hace abriles, contó en el manual P FKN R que lo que está pasando con el cuaderno “Debí tirar más fotos” es “un movimiento cultural”.
Y agregó: “Se siente como si el mundo nos estuviera abrazando a nosotros y a Puerto Rico de una guisa tan hermosa”.
Este domingo lo vimos en vivo.






