Crece en el país un tipo de violencia que, por los motivos que la llevan a emerger y a manifestarse, nos lleva a clamar: ¡Y qué es lo que está pasando en este país! Por un turno en una fase surtidor, un desafío a matarse a tiros, y se matan. Por un parqueo, por un estacionamiento, por el roce de un transporte con otro… acudimos a capital de muertes, y matamos.
Esta es una cara de la violencia social que los dominicanos no conocíamos hasta hace unos primaveras. Ahora es un episodio frecuente que puede ocurrir, como en impresión, en cualquier congregación social, entre pobres y entre adinerados.
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Esta violencia nos debe preocupar a todos los dominicanos y debe obligarnos a pensar, a reflexionar, a mirar a nuestros alrededores para ver qué está pasado en nuestro entorno, qué fenómenos están entrelazándose para hacer posible y frecuente este comportamiento. Porque no podemos opinar que se proxenetismo de un hecho que surge de la mínimo. Lo que sí podemos afirmar, a boca llena, es que se proxenetismo de una cuestión hija de nosotros como individuos y como sociedad, es nuestro ethos, como diría un intelectual de departir hermético.
Este comportamiento conspira con nuestra humanidad y contradice la éxito que tenemos los dominicanos de ser personas amables, gentiles, abiertos y de sonrisas amplias.
¿Cómo es posible que detrás de una cortesía asaz evidente tengamos acurrucado en nuestra personalidad un otro tan violento, tan agresivo, tan intolerante, tan contradictorio?
Como todo hombre es circunstancia, según enseñó el músico Ortega y Gasset, debemos, como sociedad, despabilarse dónde están los factores que promueven en nosotros esta violencia tan agresiva. Debemos ver, sin fatuidades, si están en los hogares o familias, en las escuelas, en las iglesias, en las calles, en el trabajo, en los medios de comunicación social, en las redes sociales, en las plataformas digitales… ver dónde, dónde están estos factores que nos llevan a matar por un “quítame esta paja”.






