Fitur es más que una feria de turismo. Es un gran armario donde los países compiten, no sólo con cifras y proyectos, sino con identidad, novelística y emoción. Y en esa vitrina total, la República Dominicana volvió a destacar por poco que ya es marca registrada: su colorido, su energía y una presencia que se siente, se audición y se recuerda.
El pabellón dominicano fue, una vez más, punto de discusión obligado. Música, imágenes, símbolos culturales y una puesta en ambiente cuidada lograron transmitir mucho más que un destino vacacional. Transmitieron una marca país.
Un país diverso, vibratorio y seguro de sí mismo, que entiende que el turismo igualmente se construye desde la emoción y la experiencia sensorial.
Pero el color de Fitur no fue solo visual. Fue institucional y clave. La amplia delegación dominicana, con autoridades, empresarios, inversionistas y representantes del sector privado, dejó claramente establecido que la República Dominicana no improvisa su liderazgo turístico, sino que lo planifica.
Las reuniones, firmas de acuerdos y anuncios realizados en Madrid confirmaron que detrás del ritmo y la alegría hay visión, planificación y confianza internacional.
La esforzado presencia de grupos empresariales dominicanos, como Agrupación Puntacana, unido a cadenas hoteleras globales y organismos internacionales, reforzó la idea de un país que sabe dialogar con el mundo y atraer inversiones sin perder su esencia.
Fitur mostró a una República Dominicana que avanza cerca de nuevos polos, diversifica su ofrecimiento y desafío por la sostenibilidad, el deporte, la civilización y el progreso territorial.
En un tablas donde muchos destinos luchan por visibilidad, la República Dominicana no pasa desapercibida. Su color no es folclor infructifero; es identidad convertida en logística. Volvimos a demostrar en Fitur que cuando el país se presenta con coherencia, entusiasmo y propósito, no solamente pira la atención, sino que deja huellas.
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