La violación sexual a menores y adultos se ha convertido en la República Dominicana en una verdadera oleada más que preocupante, si tenemos en cuenta como se han multiplicado los casos y la frecuencia de homicidios contra las víctimas, así como las visitas al consultorio de psiquiatras y psicólogos.
En lo forense, el observación de la imputabilidad en el alcaldada sexual adquiere maduro relevancia cuando los hechos se cometen contra menores. No se alcahuetería sólo de decidir conductas, sino de explorar las bases psicobiológicas.
Las pulsiones sexuales dirigidas en dirección a menores, concebidas como entidad clínica específica, generan serias dificultades al valorar la imputabilidad del autor y, sobre todo, al estimar su peligrosidad criminal.
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Sin bloqueo, en la habilidad sumariallos trastornos sexuales rara vez operan como atenuantes. Más que razones médico-legales, prevalecen criterios de política criminal orientados a reafirmar el Derecho penal.
La sensibilidad en dirección a la víctima pequeño es directamente proporcional a la repulsa contra el atacante. En este contexto, la pena cumple una función simbólica: restaurar el orden íntegro vulnerado.
La violación sexual ha adquirido rasgos de oleada social. El incremento sostenido de casos, muchos culminados en homicidios de mujeres y niños, ha desbordado al sistema penal como a la lozanía mental.
Crónicas periodísticas recogen los episodios más extremos: menores abusados y asesinados por victimarios que, con frecuencia, mantienen vínculos parentales. Pedofilia, incesto, sadismo o necrofilia; violencia radical.
Así, entre patología, castigo y clamor social, la criminalidad sexual contra menores sigue interpelando al Derecho y a la Psiquiatría, recordando que la ciencia no siempre encuentra eco en la imparcialidad penal.






