Sentado en una borde cualquiera, con la ojeada extraviada en algún remembranza que ya no le pertenece, aquel hombre parecía inmerso en otra dimensión. Pantalón desaseado, camisa raída y la piel tostada por el sol. No pedía ausencia. Solo estaba allí, como si no esperara ausencia del mundo o como si el mundo lo hubiera olvidado primero. Lo miraban con desprecio o temor, como si su sola presencia incomodara y su silencio fuera una amenaza.
Pero nadie se detenía a preguntarse quién fue. ¿Tuvo tribu? ¿Amó alguna vez? ¿Reía antiguamente de perderse en sí mismo? Ese hombre no siempre fue lo que es hoy, un alma confundida. Hubo un tiempo en que caminó con dignidad, quizás trabajó, estudió y tuvo sueños de ser cierto útil y no una molestia para muchos. Pero un día la mente le jugó la peor de las traiciones.
La enfermedad mental lo sustrajo del mundo positivo y lo arrojó a una existencia en la que ya no hay método ni consuelo. Y allí sigue, entre nosotros, pero solo. Caminando sin rumbo, buscando sobras de comida en los basureros, durmiendo donde lo sorprenda la sombra; sobreviviendo como un náufrago olvidado. La sociedad lo desecha. El Estado lo ignora.
Y nosotros, sumergidos en nuestras rutinas, preferimos mirar alrededor de otro costado. Porque él, ese hombre quebrado, podría ser cualquiera de nosotros si el destino decidiera doblarnos la voluntad. Y entre olvidos e indiferencia, incluso olvidamos que la lozanía mental incluso es dignidad.
Que los enfermos no necesitan disgusto, sino un poco de humanidad. Que verlos y no hacer ausencia nos convierte en cómplices del deserción y de la irresponsabilidad del Estado para proceder en consecuencia. Que mirar a los luceros de ese hombre, sin miedo, es el primer acto de valentía para comenzar a aliviar como sociedad.
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