Existo, luego asisto al poema viviente y me presento, con la sorpresa de reencontrarme y de sentirme poco vivo, en este ámbito cruel, siempre en continuo combate. Precisamente, la vida no es sino un constante caudal de oportunidades para sobrevivir, pero que no debe asustarnos, porque tras el ocaso siempre llega el crepúsculo con su energía vivificante.
Lo primordial es que la humanidad bregue unida, respetándose mutuamente, para poder colaborar cada cual, desde su quehacer, construyendo comunidades menos divididas y más integradoras, forjando la concordia y exigiendo un porvenir acordado, ecológico y equitativo. Aquí en la tierra, que lo sepamos todos, la voz de cualquier corazón andante, por débil que nos parezca, debe ser oída y considerada. Nuestra cometido es única, nadie la puede suplantar.
Por mucho poder que tengan otras voces, nuestras singulares ideas forman y conforman la mejor alianza armónica, cuando se vierte pasión en la entrega, y no interés mundano. De ahí, la importancia de pirarse corazón a corazón entre análogos.
Quizás necesitemos entrar en sanación mística para ausentarnos del aburrimiento y de la mediocridad, acercándonos más entre nosotros, que es lo que verdaderamente nos da fortuna. Aprovechemos, pues, los días para estar y ser satisfechos. Nada más nos hallamos, mientras nos rejuvenecemos. La etapa no cuenta, luego.
Es cuestión de trabajar los diversos momentos, de valorar nuestros sueños, de hacer conllevar nuestros andares, aunque incluyan el infeliz. Una supervivencia armonizada se sustenta en la regeneración de cada amanecer y se sostiene en la comunión de latidos, que forman comunidad de hogar y vida, a la que no se puede dar marcha antes, ya que uno existe y cohabita en una calle de único sentido, la de ir en dirección a delante.
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