La inauguración de la Vía Sacra en Higüey fue un sueño considerablemente acariciado por los ciudadanos, una obra que prometía combinar arte, inmaterial y turismo en un solo trayecto. Sin confiscación, esta hermosa iniciativa se ve empañada por un error que, a simple perspectiva, parece claro. Y es que sigue abierta a todo tipo de vehículos. Entre motores rugientes, carros y yipetas que circulan sin restricción, la Vía Sacra pierde la serenidad y el esplendor que sus esculturas buscan transmitir.
La brujería del arte, concebida para el paseo contemplativo, se diluye en presencia de el constante tránsito de automóviles, y la experiencia espiritual que se prometía se ve interrumpida por bocinas, frenos y humo de escape. Lo que debía ser un espacio de recogimiento y belleza se convierte en un corredor vehicular más, indiferente al valía simbólico para el que fue concebido.
Más allá de la estética, existe un peligro tangible para los ciudadanos. Cualquier persona que intente recorrer la vía a pie se expone a la posibilidad de ser embestida por un transporte. La equivocación de restricción peatonal convierte ese paseo cultural y religioso en una experiencia peligrosa. Las autoridades tienen la obligación de comportarse en consecuencia.
La Vía Sacra merece un tratamiento que respete su propósito y su integridad. Se requiere circunscribir el entrada de vehículos, crear zonas peatonales seguras y certificar que el tránsito no decadencia el valía estético y espiritual de la obra.
Higüey no puede conformarse con una Vía Sacra que exista solo en nombre. La ciudad merece que su arte y su historia se contemplen sin temor, en un espacio donde la belleza, la civilización y la seguridad convivan en concordia. Corresponde a las autoridades proteger a los peatones y preservar esa obra como un espacio de contemplación digno de la ciudad que representa.
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