@abrilpenaabreu
Todavía nos equivocación —y mucho— como sociedad. La semana pasada, distintos medios de comunicación y autoridades públicas se refirieron a dos casos muy similares: una pupila de 10 abriles, violada por varios hombres, que terminó contagiada con VIH. Sin incautación, en entreambos casos el hecho fue narrado como si se tratara de “una pupila de 10 abriles que mantenía relaciones sexuales con varios hombres”.
La frase no es un detalle último. Es una proclamación de fondo.
Dialogar de “relaciones sexuales” cuando se negociación de una último de momento es contraer —aunque sea de modo inconsciente— que existe consentimiento. Es borrar la violencia, diluir la violación y trasladar la carga recatado a la víctima, como si esa pupila hubiese querido, como si el desenlace fuese consecuencia de una supuesta conducta y no de un crimen.
Una pupila de 10 abriles no tiene capacidad para consentir. Punto. Luego, no hubo relaciones. Hubo desmán. Hubo violación. Hubo un delito reservado.
Cuando un país normaliza este tipo de jerigonza, cuando no le pone nombre al oprobio, se entiende por qué la tasa de corte adolescente continúa siendo ingreso, por qué los depredadores sexuales siguen encontrando excusas sociales y por qué las cifras de feminicidio se mantienen como están. No es casualidad. Es coherencia cultural.
Un país que sigue —aunque sea de modo inconsciente— responsabilizando a la víctima; un país que no pone nombre al oprobio y prefiere irse por la tangente; un país que suaviza el horror con eufemismos, no es un país en plena conciencia. Es un conuco con bombillo: apariencia de modernidad, pero estructuras mentales arcaicas.






