Lás nuevas técnicas de paleontobiología están permitiendo avances, hasta hace poco impensables, como poder realizar una ‘necropsia’ a un camarilla de bebés pterosaurios, unos lagartos alados que vivieron hace 150 millones de primaveras y habrían perecido en una abrupta tormenta.
El hallazgo, descrito este viernes en la revista Current Biology, es fruto del estudio de los fósiles de estos reptiles voladores del Mesozoico hallados en las tierras calizas de Solnhofen, en Baviera (Alemania).
Estos depósitos lagunares son famosos por el buen estado de conservación de sus restos fósiles, especialmente de ejemplares juveniles de pterosaurio.
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Los autores, de la Universidad de Leicester, explican que aunque en el imaginario colectivo está que Mesozoico fue una era de ‘gigantes’, con imponentes dinosaurios, monstruosos reptiles marinos o pterosaurios de enormes alas como los que presiden los museos de historia natural, lo cierto es que la mayoría de los ecosistemas “estuvieron poblados por animales pequeños”.
El motivo por el que las grandes criaturas prehistóricas se han impuesto estiva en que “la fosilización tiende a valer a los organismos más grandes y robustos, mientras los seres más pequeños y frágiles rara vez llegan a formar parte del registro paleontológico”, explica el investigador principal, Rab smythpaleobiólogo de la Universidad de Leicester.
Un registro fósil moldeado por la naturaleza
Pero en ocasiones, la naturaleza ‘conspira’ para preservar los habitantes diminutos de tiempos pasados, y las calizas alemanas de Solnhofen es uno los lugares donde ha obrado este portento. Allí se han hallado cientos de fósiles de pterosaurios, casi todos de individuos muy pequeños.
Los investigadores se han centrado en dos esqueletos de pterosaurios, que están completos, articulados y prácticamente sin cambios desde que murieron hace unos 150 millones de primaveras.
Les han apodado Lucky y Lucky II y los dos corresponden a ejemplares de Pterodactylus, el primer pterosaurio renombrado científicamente. Con una envergadura inferior a 20 centímetros, estas crías se encuentran entre los pterosaurios más pequeños que se conocen.
Los dos presentan la misma perjuicio inusual- una fractura limpia e inclinada en el húmero- el ala izquierda de Lucky y el ala derecha de Lucky II se rompieron de una modo que sugiere una poderosa fuerza de torsión. Los investigadores creen que se debe al resultado de una colisión con una superficie dura tras ser empujados por fuertes ráfagas de derrota.
Gravemente heridos, estos pterosaurios se habrían precipitado a la superficie de la hueco, ahogándose en las olas provocadas por la tormenta y hundiéndose rápidamente en el cauce marino, donde quedaron rápidamente enterrados por los lodos calcáreos removidos por aquellas tormentas.
Este rápido entierro en dominio calcárea es lo que habría permitido el buen estado de conservación de los fósiles.
Arrastrados por las tormentas
Al igual que Lucky I y II, que solo tenían unos días o semanas de vida cuando murieron, hay muchos otros pterosaurios pequeños y muy jóvenes en las calizas de Solnhofen, conservados de la misma modo, pero sin evidencia evidente de traumatismos esqueléticos.
Los autores creen que debieron caer al aguaincapaces de resistir la fuerza de las tormentas.
“Este descubrimiento explica por qué los fósiles más pequeños están tan acertadamente conservados- las fuertes tormentas provocaron la homicidio para los pterosaurios que vivían en la región y su rápida caída a los lodos calcáreos han asegurado su conservación”, señala otro de los autores David Unwin, paleobiólogo en la misma universidad.
“Durante siglos se ha pensado que esos pequeños fósiles de pterosaurios eran de animales de la región. Sin confiscación, las nuevas técnicas de necropsia nos han revelado que muchos de estos pterosaurios no eran nativos de la hueco, sino juveniles que probablemente vivían en islas cercanas y se vieron arrastrados por los vientos de fuertes tormentas”, añade Smyth.
Los grandes individuos sí que habrían capaces de resistir esas tormentas, aunque sus cuerpos debieron flotar durante días o semanas en las ahora aguas tranquilas de la hueco de Solnhofen, dejando caer partes de sus cadáveres a medida que se iban descomponiendo, por eso no se han preservado tan acertadamente.
“Estos diminutos fósiles son una poderosa evidencia de las antiguas tormentas tropicales y de cómo estas moldearon el registro fósil”, concluye Smyth.





