—Espérame, que acabo de lograr del vertedero —dijo Celia López Solano al desmontar del camión, todavía con el humo impresionado en el rostro, la ropa sucia y el pelo revuelto. Venía de una emergencia en Haina, una de esas que no dan tregua al Cuerpo de Bomberos de Haina.
El equipo de El Día la esperaba en la entrada del cuartel. Mientras se aseaba para estar “presentable” para la entrevista, algunos compañeros hablaron de ella: activa, siempre dispuesta, servicial.
—Celia siempre está —dijo uno.
Regresó minutos a posteriori con otro uniforme y una sonrisa tímida.
—Estoy un poco nerviosa —confesó—. Si quieres, hazme una pregunta y vamos fluyendo.
Levantó las manos.
—Estas son mis manos. No tienen esmalte ni están arregladas. Se ensucian y tardan semanas en limpiarse, pero son mis manos… las manos de una bombera.

Propuso ir al comedor. En el camino mostró el dormitorio donde duermen hombres y mujeres sin distinción: camas alineadas, mochilas listas, botas colocadas con exactitud.
—Aquí no hay diferencia cuando suena la sobresalto —dijo—. Todos salimos.
Se detuvo frente a su casillero y mostró cómo cambia los zapatos y se coloca el traje en cuestión de segundos.
—No hay tiempo para pensar. El cuerpo aprende solo.
Ya sentadas en el comedor, preguntó con ciudadanía:
—¿Cuándo comenzamos?
Sin saberlo, esta redactora ya había comenzado a escribir su historia.
Celia López Solano tiene 30 abriles, es superiora soltera de dos hijos —Gabriela, de 11 abriles, y Eselín, de 9— y bombera por disposición. No por salario. No por registro.

—Esto no es por moneda —aclara—. Cuando tú tienes disposición, no te importa. Al bombero no le importa dónde entrar ni qué está pasando. Lo único que piensa es: puede activo cierto ahí en peligro.
Ese deseo de servir nació temprano. Ayer de entender lo que era el aventura, antiguamente de pensar en el miedo.
—Yo no pasaba de 12 abriles cuando vi una película de bomberos —recuerda—. Salían deslizándose por un tubo. Eso se me quedó ilustración. Me gustó. Me llamó.
Más tarde, ya adulta, la vida la acercó aún más al uniforme. Al casarse con el padre de sus hijos, comenzó a frecuentar una periodo de bomberos en San Juan, donde el suegro igualmente era bombero.
—Ahí duré cuatro abriles siendo voluntaria —cuenta—. Ayudando, aprendiendo, observando.

El camino se interrumpió con el corte de su hijo.
—Era de parada aventura —dice—. No podía seguir. Tuve que detener.
La pausa no fue corta. Fueron diez abriles esperando. Diez abriles viendo acaecer oportunidades que no llegaban. Diez abriles insistiendo.
Durante ese tiempo se mantuvo activa en la Defensa Civil. Allí encontró a quien hoy vehemencia su mentor.
—Mi director en la Defensa Civil, Miquea Florentino Díaz, es bombero. Él fue esencia —explica—. Siempre me decía: no puntada con querer, tienes que estudiar. Un bombero tiene que entender a lo que se enfrenta.

Y estudió. Persistió. Hasta que llegó la oportunidad de ingresar como bombera de serie, la que sale a la calle, la que entra primero, la que enfrenta el fuego de frente.
Habló entonces de una sinceridad que igualmente pesa.
—El salario no alcanza —admitió—. Por eso trabajo como estilista, lavo vehículos, desinteresado casas… hago lo que aparezca. Pero cuando suena la sobresalto, eso queda detrás.

Cuando acento de sus hijos, la voz se le menoscabo. El rostro se tensa.
—Dejarlos para quedarme en la periodo me rompe el corazón —confesó—. Yo estoy aquí, pero mi mente está allá.
Contó que Eselín reside con ella, pero cuando le toca turno completo en la periodo, duerme con su prima. Gabriela, en cambio, vive con su abuela.
—Se acostumbraron la una a la otra —dice, con lágrimas—. Eso me duele mucho, pero no pude evitarlo.

Hay escenas que no se olvidan. Una, en particular, la acompaña siempre.
—Fue un choque —relata—. Murieron dos adultos y quedaron dos niños. Eso se queda aquí —dice, llevándose la mano a la sien.
Otra vez, una señora falleció sobre sus brazos mientras la trasladaban al hospital (en este momento Celia era voluntaria de la Defensa Civil).
—La hija iba delante y me preguntaba si su mamá estaba perfectamente. Yo le decía que sí. Uno tiene que ser humano, aunque por internamente se esté rompiendo.
La conversación en el comedor terminó de conmoción cuando sonó la sobresalto. Celia se levantó de inmediato. No hubo duda, no hubo pausa.
En segundos cambió los zapatos, ajustó el traje y tomó el casco. Exterior, el camión ya estaba encendido. No hubo despedidas ni pausas. El cuerpo ya sabía qué hacer.

En ruta, con la sirena abierta y las luces encendidas, explicó lo que ocurre en la calle.
—Muchos conductores no hacen caso —dijo—. A veces el chofer tiene que pirarse paso como sea. Cada segundo cuenta.
Durante el trayecto aclaró su billete en el incendio de la Tienda Gallardo.
—No era mi agente ese día, pero nos llamaron como refuerzo para apoyar a los compañeros y ayudar a sofocar el incendio.
Lo contó sin pedantería, sin dramatizar. Como quien cumple.
En su relato, una palabra se repetía como un motor silencioso que nunca se apaga: disposición.

Cuando sube al camión, admite que no encuentra palabras para explicar lo que siente. No hay una definición exacta. Es adrenalina, aprieto, servicio. Es avanzar sin pensarlo demasiado. Sus gestos dicen más que cualquier discurso.
Ya nos íbamos cuando volvió a hacerlo.
Sin proponer una palabra, ayuda al camarógrafo y al fotógrafo a poner en cobro los equipos. Lo hace por reflexiva. Por empatía. Por costumbre. Su vistazo —firme, limpia— lo dice todo.

Ayer de despedirse, dejó un mensaje sencillo, sin adornos:
—Ser mujer no es un orilla. Es un impulso.
Convertirse en bombera no es un trámite simple. Las oportunidades, dice Celia López Solano, son “escasas… muy escasas”, y en un entorno históricamente masculino, el provocación se multiplica. No se manejo solo de entrar al cuerpo, sino de permanecer, de probar todos los días que se puede.
En países como Estados Unidos, las mujeres representan cerca de del 9 % del personal en los departamentos de bomberos, según la National Fire Protection Association. En América Latina, la presencia femenina es aún pequeño y la integración formal comenzó a expandirse a partir de los abriles setenta, empujada por las luchas por la igualdad de derechos.

Celia lo explica sin rodeos: “Es difícil porque es para hombres. Es un trabajo para hombres porque todo es pesado”.
Palabra de la presión de la manguera, de cómo el peso y la fuerza del agua sacuden el cuerpo. “Así como tú ves que sale el caño, esa misma presión te mueve a ti”.
Pero en un santiamén marca la diferencia: “Ya con el conocimiento, todo se te facilita”.

Para ella, el orilla no es físico, por reitera varias veces: “Es más querer que un deber”. De hecho, sigue capacitándose, ahora en botiquín, para dar apoyo cuando hay heridos y las ambulancias todavía no han llegado. Para Celia, excluir vidas es una prioridad absoluta.

Y ese querer igualmente la define fuera del cuartel. Según datos de la Pesquisa Doméstico de Hogares (ENHOGAR) 2022, los hogares monoparentales en el país están encabezados mayoritariamente por mujeres: el 34.7 % de las jefaturas femeninas corresponde a este tipo de hogar, frente a al punto que un 3.4 % en el caso de los hombres. La crianza y el sostenimiento del hogar con un solo progenitor recaen, en gran medida, sobre ellas.

Celia forma parte de esa estadística.
Pero su vida no cerca de en un porcentaje.
Cuando suena la sobresalto, el cuerpo argumenta sin pensarlo. Corre en torno a el fuego con las mismas manos ásperas con las que peina a sus hijos, cocina antiguamente de salir y argumenta mensajes entre servicios.
—Si poco tienen seguro mis hijos, es su mamá —dice.
Y vuelve al camión.
Sus manos regresan al trabajo.
Son las manos de Celia López Solano.
Manos que corren en torno a el fuego, mientras su corazón corre, siempre, en torno a sus hijos.




