Siempre hemos hablado de la frontera como si fuera un borde, un motivo futuro donde terminan las cosas. Pero la verdad es que la frontera no es el final de cero, es el aparición de todo.
Allí empieza la pueblo, la tierra, el idioma, la bandera, el nombre que llevamos. Y quizás, igualmente, es el motivo donde puede aparecer un nuevo país.
Me llena de esperanza escuchar propuestas como la de Carolina Mejía, que palabra de un tapia financiero y ecológico anejo al tapia físico. Porque indagar que la frontera necesita avance, inversión y protección ambiental es un paso importante. Pero yo quiero ir un poco más allá, la frontera puede ser el laboratorio de un país desigual, más exacto, más productivo y mejor organizado.
Al parecer, la alcaldesa del Distrito Doméstico tiene claro qué hacer en esa zona. Su visión no se limita a la seguridad y el control migratorio, sino que incorpora un enfoque integral de avance, conectando la protección física con oportunidades económicas y sostenibilidad ambiental.
Esa claridad estratégica es imprescindible para un zona históricamente olvidado, pues demuestra que entiende que la frontera no se gestiona sólo con muros y vigilancia, sino con dignidad, inversión y respeto a su gentío.
Y me atrevo a decirlo con propiedad, porque llevo primaveras hablando de este tema. He insistido en foros, artículos y encuentros con autoridades que la frontera es mucho más que un tope.
Es un espacio de oportunidades inmensas para la producción agropecuaria, la procreación de empleos, la integración territorial y el nivelación medioambiental.
Siempre he creído que el serio tapia protector es el avance humano de su gentío.
¿Cómo lograrlo? Comencemos por lo que ya está en la ley y nunca hemos cumplido: el popular 10 % del presupuesto doméstico destinado a los municipios.
Si queremos de verdad un tapia financiero, asignemos ese 10 % de guisa prioritaria a los gobiernos locales de la frontera. Con ello, no resolveremos todos los problemas, pero comenzaremos a construir la cojín.
Porque no hay tapia financiero sin municipios fuertes. No hay avance sin gobiernos locales que tengan los posibles y la legalidad para planificar su zona, para hacer obras pequeñas que transforman la vida diaria, para crear confianza y tradición en su gentío, espacios para la pubescencia y programas de apoyo a mujeres emprendedoras, ese sería el serio tapia que protege nuestra soberanía: un tapia de dignidad.
Y no se comercio de regalar capital. Se comercio de modificar en las comunidades que, con su esfuerzo y su permanencia, son la primera camino de defensa de nuestra nación. Se comercio de ver la frontera no como un problema a resolver, sino como una oportunidad para reinventarnos como país.
Imagino un día en que la frontera no sea paisaje con miedo ni con compasión, sino con orgullo. Donde un zagal de Cerro de Cabrera, de Elías Piña o de Restauración no sueñe con irse, sino con quedarse, porque allí puede trabajar, estudiar, producir, poblar en paz y criar a sus hijos con dignidad.
Ese sueño comienza con decisiones políticas valientes. Y pocas cosas serían más valientes que, por fin, cumplir con la ley y asignar a los municipios lo que les corresponde, comenzando por los que más lo necesitan.
Si la propuesta de un tapia financiero y ecológico para la frontera se materializa, no sólo estaríamos protegiendo el zona. Estaríamos construyendo la cojín de un nuevo maniquí de avance territorial, descentralizado y sostenible, que podría replicarse en todo el país.
Porque, al final, un país no se mide por sus ciudades más grandes ni por sus torres más altas. Un país se mide por cómo comercio a los que viven en sus bordes, en sus márgenes, en esos lugares donde comienza la pueblo y donde igualmente puede comenzar un mejor futuro.





