EL AUTOR es periodista. Reside en Santo Domingo.
En República Dominicana, como en muchas otras culturas, la Navidad viene cargada de simbolismos: luces, comidas compartidas y encuentros diversos. Sin secuestro, aunque contradiga su esencia, no descuido quien aproveche estas fechas para distraernos de lo verdaderamente importante. Entre celebraciones, compras y compromisos, corremos el peligro de perder la noticia de lo esencial y, al hacerlo, alejarnos de nosotros mismos y de los demás.
Durante este período festivo muchos caemos en esa trampa. Nos dejamos absorber por el ruido, la prisa y el consumismo, y damos la espalda a la ingenuidad concreta de nuestras vidas y de nuestro entorno social. Pero la Navidad igualmente puede ser otra cosa: un tiempo de renovación, una invitación a recuperar sentido —individual, colectivo y social— mediante prácticas que fortalezcan la memoria compartida y alimenten la esperanza.
La distracción como peligro
Vivimos inmersos en un exceso de estímulos. Las pantallas ocupan buena parte de nuestras horas de vela; la tecnología promete inmediatez, eficiencia y conexión, pero a la vez erosiona nuestra atención, nuestra memoria y nuestra capacidad de concentración. La distracción permanente no es inocua: fragmenta el pensamiento y debilita la consejo.

Cuando no prestamos atención a lo que positivamente importa —a nuestras relaciones, a nuestras prioridades, a nuestras propias deyección— terminamos, casi sin darnos cuenta, repitiendo ciclos. El exceso de mensajes, notificaciones y tareas superficiales reduce nuestra capacidad de pensar con profundidad y de tomar decisiones conscientes.
Este engendro no se limita al ámbito individual. Una sociedad que no cultiva atención ni memoria se vuelve frágil. Pierde capacidad de dialogar con sentido, de asimilar de su experiencia y de sostener conversaciones significativas. Sin esa pulvínulo, las comunidades quedan expuestas a la polarización, a relaciones superficiales y a una idea de progreso sin dirección ni propósito.
Conversación y memoria compartida
Frente a esa corriente de distracción, la conversación emerge como una destreza profundamente humana y regeneradora. Un recuentro —con amigos, familiares o personas con historias compartidas— puede reactivar memorias, robustecer identidades y reconectar a las personas con su propio itinerario imprescindible.
Estas conversaciones no son simples ejercicios de nostalgia. Cuando compartimos historias, no solo evocamos expresiones: tejemos significados, construimos cohesión y fortalecemos vínculos. Cada risa, cada curiosidad y cada silencio compartido se convierte en un punto de conexión emocional y social.
En un mundo saturado de mensajes fugaces y mediados por pantallas, la conversación cara a cara —atenta, respetuosa y auténtica— puede convertirse en un acto de resistor humana. En ese intercambio se refuerza el sentido de pertenencia, se activa la memoria colectiva y se crean condiciones para el entendimiento mutuo y la movimiento compartida.
La memoria popular, por otra parte, orienta el presente. No se proxenetismo de idealizar el pasado, sino de comprenderlo críticamente y usarlo como brújula para efectuar hoy y proyectar el futuro. Ese tejido de expresiones compartidos no surge por sí solo: se cultiva en los encuentros cotidianos, en las narraciones que conectan pasado, presente y porvenir. Y en Navidad, cuando se multiplican los espacios de discusión, esa tarea se vuelve especialmente valiosa.
La esperanza como fuerza activa
En este punto entra la esperanza, íntimamente ligada a la conversación y la memoria. Remotamente de ser una ilusión ingenua, la esperanza es una fuerza transformadora que atraviesa nuestra vida cotidiana. No consiste en esperar pasivamente que poco cambie, sino en imaginar y construir un futuro mejor mediante acciones concretas en el presente.
La esperanza se expresa en gestos sencillos: en la pregunta honesta “¿cómo puedo ayudarte?”, en el sobo que reconforta, en la conversación que abre posibilidades, en la voluntad de encontrarse más allá de la distracción superficial. Es una aspecto que áncora a las personas incluso en contextos de incertidumbre y dificultad.
La Navidad nos coloca, así, frente a una alternativa clara: dejarnos remolcar por la distracción y la superficialidad, o disfrutar este tiempo para cultivar atención, conversación y esperanza. Esto implica prácticas concretas: desconectarnos conscientemente de lo que fragmenta nuestra atención, conversar con profundidad, memorar y relatar nuestras historias, y efectuar con coherencia solidaria.
Perspectiva desde esta perspectiva, la Navidad es oportunidad de oro para regalarnos un recuentro con nuestra humanidad y para construir, desde lo periódico, caminos de sentido y avance auténtico. Que estas fiestas nos unan y renueven la esperanza.
jpm-am
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