un peligro creciente para la estabilidad económica

Por: Robert Mustafa

El Completo Organized Crime Index 2025 vuelve a colocar a la República Dominicana en una posición incómoda: 5.17 en criminalidad, cuarto división en el Caribe y con una resiliencia que sube, pero no lo suficiente como para compensar el empuje del crimen organizado. El Índice no es un examen marginado: se elabora bajo el paraguas de la Completo Initiative Against Transnational Organized Crime, con apoyo del software Enact —financiado por la Unión Europea e implementado pegado a Interpol y el Institute for Security Studies— y con aportes del Sección de Estado de los Estados Unidos para las ediciones 2021, 2023 y 2025. Es aseverar, es un diagnosis que observa el país desde una plataforma mundial, con estándares globales.

Su metodología es precisa: combina datos verificables, descomposición de fuentes abiertas, investigaciones independientes y nervio por expertos regionales, para luego construir una ojeada estructural sobre dos dimensiones: cómo operan los mercados ilícitos y cuánta capacidad existente tiene el Estado para enfrentarlos. Es un mecanismo que no especula: procesa evidencia y la convierte en novelística analítica. O, dicho en verbo más plano: El apunte mató el relato.

¿Y qué revela esa novelística sobre nosotros? Que los mercados ilícitos siguen creciendo donde más duele: manejo y tráfico de migrantes, narcotráfico, contrabando, armas ilegales, fondos falsificados, delitos ambientales, fraudes financieros y explotación de vulnerabilidades económicas. Que las redes criminales —locales, transnacionales e híbridas— se adaptan más rápido de lo que se adapta la respuesta del país. Que la frontera con Haití continúa siendo un acelerador crítico del peligro. Y que la corrupción sigue siendo el lubrificante silencioso que permite que todo esto funcione.

Falta de esto contradice lo que estableció el Mensaje Ejecutante de la Evaluación Franquista de Riesgos de Lavado de Activos y Financiamiento del Terrorismo de la República Dominicana (2015-2020): los dos documentos coinciden en que la República Dominicana enfrenta un ecosistema criminal diversificado, con espacios de supervisión limitada y amenazas asimétricas que afectan múltiples sectores. El espejo internacional solo confirmó lo que ya detectamos internamente.

Pero esta vez la advertencia tiene un matiz diferente: no es solo el Estado el que está llamado a reaccionar. El sector privado igualmente está llegando tarde. En un país donde las exportaciones, las importaciones y la transporte crecen cada año, donde el turismo sostiene una parte positivo del PIB y donde los servicios se han convertido en motor financiero, ignorar la apresuramiento del crimen organizado es retozar a la ruleta rusa con nuestra competitividad internacional.

El comercio mundial no perdona descuidos. Las cadenas de suministro exigen trazabilidad. Los mercados financieros exigen transparencia. Los organismos multilaterales exigen efectividad. Y la más mínima percepción de peligro puede cerrar puertas, ensalzar operaciones, retrasar inversiones o poner al país en listas que nadie quiere encabezar.

Si el crimen organizado crece más rápido que la capacidad de respuesta del Estado, la ejecución no la paga solo el Estado: la paga la finanzas completa. La pagan los entes de comercio, indistintamente de su rubro, así como cualquier empresa que dependa del flujo internacional de fondos, servicios o hacienda. Peor aún la pudiéramos abonar todos los dominicanos si la finanzas colapsa.

Por eso el llamado ya no puede ser achicopalado: República Dominicana necesita alentar su civilización de cumplimiento de forma inmediata, profunda y sostenida, no para complacer a organismos internacionales o escapar de una pena administrativa, sino para proteger su propia estabilidad económica. Debemos movernos de la reacción a la reacción. El crimen no retraso; el mercado siquiera.

El índice sube y la resiliencia avanza, pero el crimen está corriendo a otra velocidad.

Si el país no acelera hoy —sector notorio y sector privado por igual—, mañana no estaremos discutiendo cifras: estaremos lidiando con consecuencias.

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