@abrilpenaabreu
En el día de ayer vivimos lo impensable: un corte militar en un país que ya había olvidado lo que se siente quedarse completamente a oscuras. Pero… ¿positivamente esperábamos otra cosa?
Porque si lo que está ocurriendo en el sistema eléctrico dominicano estuviera pasando en Toyota, en Apple o en Hyundai, no haría errata destituir a nadie: la plana anciano ya habría renunciado por vergüenza. No por este extremo corte, sino por el estropicio paulatino y evidente de los últimos primaveras, que ha devuelto la vida de los dominicanos a los niveles de hace una período.
Sin requisa, Celso Marranzini y su comparsa parecen tener fila directa con algún santo poderoso, porque siguen ahí, inamovibles, sin importar los resultados ni las consecuencias.
Pero lo más inquietante no fue la oscuridad. Fue descubrir que el Patrón y el Teleférico de Santo Domingo se apagaron yuxtapuesto con el país, dejando personas atrapadas durante horas, en condiciones que pudieron terminar en tragedia. ¿Cómo es posible?
¿No se supone que un sistema de transporte masivo debe tener un respaldo eléctrico independiente del resto del país? Uno que permita, al menos, completar el circuito o montar a la venidero periodo. Si no lo tienen, es una error tremendo de diseño y seguridad. Y si lo tienen, ¿por qué no funcionó?
Lo terrible es que, como en tantas otras cosas en esta tierra de la improvisación, quedarán muchas preguntas sin respuestas.
Y mientras tanto, seguimos moviéndonos —cuando hay luz— al ritmo de un sistema que cada día brilla menos.








