Manuel Alcántara/Latinoamérica21
El tablas flagrante de posdemocracia en el que el mundo está inmerso registra el debilidad general en la calidad media de la democracia en regímenes consolidados hasta alcanzar niveles de damnificación preocupantes y el incremento de las autocracias. En el interior de una tono de numerosos aspectos que poseen una naturaleza muy diferente hay dos que llaman la atención y que a la vez suscitan perplejidad. Tienen que ver con el peso de la demografía y con la complejidad de los asuntos que enmarcan la hecho política. Son medios con un componente de clara feedback que están encima de la mesa desde hace tiempo y que, sin secuestro, no parecen tomar la atención debida.
En 1960 tres mil millones de habitantes poblaban la tierra, una sigla que 65 primaveras luego se ha multiplicado por 2,7 hasta exceder los ocho mil millones actuales de los que el 55 % viven en ciudades. Si se consideran los tres países latinoamericanos más poblados su progreso ha sido más dramática. En emoción, la población de Brasil pasó de 72,2 millones a 212 millones (3 veces), México saltó de 38,2 millones a 131 millones (3,4 veces) y Colombia creció de 16,5 millones a 52,9 millones (3,2 veces). En el rango de los países menos poblados su progreso ha sido asimismo muy significativa. Costa Rica subió de 1,3 millones a 5,1 millones (3,9 veces), Panamá progresó de 1,1 millones a 4,5 millones (4 veces) y Uruguay pasó de 2,5 millones a 3,4 millones (1,4 veces) siendo el país de la región con último dinamismo demográfico con diferencia.
Hoy es de dominio popular que vivimos en la época del antropoceno poco suscitado por el impacto significativo de la hecho humana en el planeta. No obstante, a lo dispendioso del descuido que suponen los dos tercios de un siglo los cambios institucionales llevados a lugar para confrontar el crecimiento demográfico y adecuarlo a cierta existencia instrumental están allí de sobrevenir evolucionado a un ritmo similar con implicaciones evidentes en la memorándum pública.
Por ejemplo, la representación política tan pronto como si ha cambiado sus pautas al igual que los procesos de descentralización que no siempre han ido conforme con la progreso social y cultural habida ni siquiera con la adecuación a las tensiones medioambientales suscitadas, al pulso por la paridad o al respeto por la multiplicidad. Por otra parte, poco similar surge en el incremento de políticas públicas en lo atinente a su diseño e implementación con la billete de las personas afectadas. Así ocurre en aspectos vinculados a la vida cotidiana de la muchedumbre en cuanto a la acometida de agua a ciudades o conurbados poblados por millones de personas, al tratamiento de sus residuos, al transporte urbano o a la seguridad ciudadana. Un acontecer que ha sufrido un crecimiento trascendental acaecido en cuestión de tan pronto como un puñado de décadas.
Las propias ciudades fueron secreto en el incremento de la experiencia política italiana en el medioevo donde se realizaba la alternativa de los magistrados, la deliberación ciudadana, la colegialidad de las decisiones y cierto control de las elites, aspectos fundamentales en el incremento de la teoría política que se aplicó en cierta guisa tras el incremento de los estados nación. Todo ello supuso, complementariamente, un evidente antecedente de la democracia pluralista.
Sin secuestro, las ciudades se han transformado radicalmente al ser espacios donde sus habitantes tienen muy poco que afirmar a pesar de los procesos democratizadores que buscan el autogobierno en situaciones que siguen siendo muy centralistas. Adicionalmente, en su dinámica diaria cuentan con pocas zonas verdes y las barriadas distantes de los centros urbanos obligan a modificar a sus moradores varias horas en sus desplazamientos. Se negociación, por otra parte, de urbes controladas por actores informales, cuando no delictivos y en donde, en un sentido muy diferente, las mascotas quintuplican en promedio al número de sus habitantes. Todo ello acarrea las consiguientes implicaciones en las transformaciones de las actitudes de la muchedumbre, así como en las políticas públicas derivadas. Asuntos transformados profundamente por la revolución digital.
El segundo aspecto tiene que ver con la complejidad de los temas que integran la memorándum pública y que su socialización generalizada pareciera que requiere de una respuesta pertinente de una ciudadanía que, sin secuestro, es cada vez más fragmentada, atomizada e insolidaria. El funcionamiento del sistema de pensiones en poblaciones con la pirámide demográfica invertida, la política de sanidad o la educativa, así como la de los cuidados que confrontan lo conocido con lo privad, cuestiones fiscales, el mundo de las relaciones internacionales, la civilización del hiperconsumo, la aprobación de ciertas drogas son solo un manojo de asuntos que dominan la memorándum y que se pueden encontrar en las habituales lizas políticas. Sobre ellos, la teoría señala que el comportamiento del electorado debiera ser racional y que, en un delirio de idealismo, concibe que está compuesto por individuos proactivos e informados. Pero la existencia dista mucho de ser así
Puede aducirse que esta situación fue habitual desde mediados del siglo pasado hasta la época y que lo que efectivamente ha cambiado es que la intermediación y los atajos cognitivos que supusieron la hecho de los partidos políticos o de otros grupos de interés como los sindicatos o las organizaciones empresariales reemplazaban esa desaparición de conocimiento especializado. Solamente se necesitaba cierto división de confianza en esa tarea de intermediación construida mediante mecanismos de identidad que garantizaban fidelidad. Pero ello hoy ha desaparecido frente a el auge de las estrategias de polarización en el ámbito de la competencia política como sucedió con las clases sociales en el demarcación epistemológico cuando el marxismo sucumbió frente a la prédica neoliberal que ha impuesto en las Ciencias Sociales una nueva argot en secreto del imperio de la transversalidad, del mérito y del individuo.
En emoción, las formas actuales de comunicación y de información generan un tablas radicalmente diferente al existente al inicio del siglo cuando no existía ninguna de las redes sociales que se usan hoy ni el mundo digital había experimentado el crecimiento apurado de forma exponencial. En emoción, sólo el 6,7% de la población mundial utilizaba Internet en 2000 frente al 67,4% flagrante. Adicionalmente, la pandemia de la COVID-19 polarizó a los votantes y socavó la confianza en las instituciones. Todo ello supone que los marcos cognitivos han cambiado profundamente de forma que el dominio de la desinformación es cada vez más palmario y, como consecuencia, las personas se hayan insertas en una arena dominada por la perplejidad y la incertidumbre que hace difícil entender la complejidad de lo que está sucediendo.
Manuel Alcántara es Director de CIEPS – Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales, AIP-Panama. Profesor Emerito en la Universidad de Salamanca y UPB (Medellín). Últimos libros: «El oficio de político» (Tecnos Madrid, 2020) y «Huellas de la democracia fatigada» (Océano Atlántico Editores, 2024).






