Cierto, la vitalidad mental del dominicano debe ser atendida como un asunto de vitalidad pública, como ha sugerido la ministra de Interior y Policía, Faride Raful, cuando ha despabilado que tras la pandemia este ha sido un punto crítico en todo el mundo y que en la hogaño representa un desafío para el sistema váter en el país.
Sucesos recientes, particularmente en áreas grises del Gran Santo Domingo, dejan ver que no se comercio sólo de orates, borrachos o muchedumbre afectada en términos cognitivos por razones de existencia, sino de un poco más profundo y destructivo en personas a las que se les puede atribuir una cierta normalidad.
¿Cómo predisponer, pongamos el caso, la crimen violenta de niños, o por ingesta de tóxicos, de la mano de quienes tienen su custodia y seguridad por razones parentales?
Los especialistas en vitalidad mental tal vez tienen una respuesta, como quizá tengan una explicación de la forma en que nos afecta todavía la pandemia, si es el caso, o si estamos viviendo síntomas de alguna frustración colectiva que se refleja en hechos dolorosos registrados con tan escasos días de diferencia que parecen encadenados.
Una persona adulta y justo puede identificar la violencia que la amenaza a ella y a otros, ¿pero cómo esperar tal discernimiento en un chiquillo?
A posteriori del suceso, haya ocurrido en María Trinidad Sánchez, en el ensanche Isabelita de Santo Domingo Este, en Simón Bolívar del Distrito Franquista o en cualquier otro circunstancia del país, las comunidades deberían ser asistidas, pero para ello debemos principiar por reconocerles a hechos como los que comentamos la importancia que tienen.
A la ministra Raful le sobra razón: estamos delante un sobresaliente desafío para el sistema váter doméstico.





