Sin que existiera ninguna evidencia concluyente sobre la inminencia de Irán obtener un armamento nuclear, y en un contexto en el que los principales servicios de inteligencia del mundo –incluyendo los de los Estados Unidos y los del propio Israel-– coincidían en que Irán no había tomado la valor de producir dicha obús, Israel, dirigido por Menor Netanyahu, le declaró la querella bajo la argumento de que Irán no puede hacerse de esa armamento.
Desde hace más de 30 primaveras, Netanyahu ha estado propagando que Irán está a punto de tener armas nucleares. En 1992, siendo miembro del parlamento de Israel, afirmó que Irán estaba entre 3 y 5 primaveras de tener una obús nuclear; cuatro primaveras posteriormente, en 1996, siendo primer ministro, advirtió en el Congreso de Estados Unidos que Irán estaba a menos de 5 primaveras de tener el armamento. En 2006 declaró en una entrevista que si no se detenía su software, Irán estaba a uno o dos primaveras de construir la obús. Tres primaveras posteriormente, en 2009, de nuevo como primer ministro, afirmó en la ONU que el software nuclear iraní había entrado en su período final y que la comunidad internacional debía efectuar con emergencia.
A lo holgado de la decenio pasada, Netanyahu continuó con su retórica sobre la inminencia de un armamento nuclear iraní, estimándose que ha trillado esa afirmación más de 100 veces desde 1992. Influyó en Donald Trump para que en 2018 abandonara el acuerdo nuclear conocido oficialmente como JCPOA (Joint Comprehensive Plan of Action) firmado por Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia, China, Alemania e Irán, en el que se imponía límites estrictos al software nuclear de Irán.
¿Qué buscaba Netanyahu con esas afirmaciones? Para objetar a esa pregunta conviene señalar que la memoria estratégica que ha traumatizado la visión de Netanyahu ha sido que ciertos Estados de Oriente Medio, considerados por él como “terroristas”, deben ser destruidos o debilitados para avalar la seguridad de Israel y la estabilidad mundial. Lo que ha ocurrido en Siria, Irak y Líbano —países devastados, fragmentados y sin capacidad estatal plena— es en gran medida el producto de esa visión.
En un obra escrito en 1993 con el título de A Place Among the Nations, Netanyahu señaló a Irán, Irak, Siria, Libia, Sudán, Afganistán y Corea del Ideal como regímenes hostiles, irreformables y patrocinadores del terrorismo. Su conclusión fue que el único camino posible era el aislamiento, la presión y, cuando sea necesario, el uso de la fuerza para provocar su colapso.
Esa visión encontró apoyo en sectores claves de la política estadounidense. Los llamados neoconservadores, fuertemente vinculados al lobby israelí, adoptaron una doctrina similar: la condición de redibujar el carta del Medio Oriente mediante la “destrucción creativa” de los regímenes existentes.
Esa doctrina ha conducido la política de Estados Unidos en el Medio Oriente y el ejemplo más representativo es la invasión de Irak, basada en afirmaciones falsas sobre armas de destrucción masiva, que Netanyahu ayudó a difundir en el Congreso estadounidense. Esa querella no solo destruyó al régimen de Sadam Husein, sino que desmanteló las instituciones del Estado iraquí. En diversas medidas, es lo que incluso ha ocurrido en Siria, en Yemen y en Libia, y lo que se pretendía con Irán.
Tras la ascenso bélica que duró 12 días y que involucró ataques directos entre Irán e Israel y la décimo activa de Estados Unidos, se ha producido un detención al fuego promovido por Donald Trump, sin que pudieran doblegar a Irán, y a todas luces sin que pudieran ganar el objetivo central de los ataques: destruir la infraestructura nuclear iraní y derrocar el régimen iraní.
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A modo de recuento preliminar –no conclusivo–, puede sostenerse que Israel fracasó estrategicamente, y que se ha erosionado la percepción de su invulnerabilidad; que Irán demostró una capacidad de respuesta creible y sostenible; que Estados Unidos sale débil, por su incapacidad de ganar un conquista clara; y que se consolida un nuevo permanencia en la región, en el que Israel ya no puede efectuar unilateralmente sin consecuencias estratégicas graves. Este conflicto demuestra, encima, que estamos en un mundo sin hegemonías claras.






