El autor es politólogo y teólogo. Reside en Nueva York
Un ex presidente procesado, que ganó. Un partido sin liderazgo, una nación atrapada entre gritos ideológicos.
Así llega Estados Unidos al inicio del 2028. La pregunta que alguna vez parecía sin sentido hoy resuena con aprieto: ¿Puede percibir una candidatura independiente?
Por primera vez en décadas, la respuesta no solo es afirmativa, sino posible. Porque cuando los extremos se devoran entre sí, el centro deja de ser moderación para convertirse en resistor.
“Las mayorías ya no se sienten representadas ni por la derecha populista ni por la izquierda cultural”, advierte Francis Fukuyama, politólogo de Stanford. “La desafección política es hoy una señal de transición.”
El bipartidismo está roto
Según Gallup, un 43 % de los estadounidenses se identifica como independiente, mientras solo un 27 % se declara demócrata y un 28 % republicano (abril 2025). Por otra parte, el Pew Research Center revela que el 63 % de los votantes están dispuesto a considerar una tercera opción presidencial.
La abrasión no es solo emocional; es estadística. Una averiguación del Bullfinch Group muestra que solo el 37 % de los independientes aprueba a Donald Trump, y un 52 % se opone a su propuesta económica “One Big Beautiful Bill”, tras conocer sus implicaciones fiscales.
“Lo que se gesta no es una tercera fuerza ideológica, sino una búsqueda de representación”, afirma el periodista George Packer, de The Atlantic.
Biden fuera, demócratas sin brújula
Tras la derrota definitiva de Joe Biden en 2024, el Partido Demócrata entró en una crisis de identidad que aún no ha resuelto. Las figuras visibles no logran articular una visión coherente de país. Kamala Harris no conecta emocionalmente con el votante tradicional; Gavin Newsom proyecta carisma, pero representa demasiado a California y poco al medio del país; Pete Buttigieg conserva simpatía, pero su discurso suena técnico, urbano, antiguo.
Más allá de los nombres, el seguro problema del Partido Demócrata es su fricción ideológica profunda. La vieja ala rumboso clásica —centrada en derechos civiles, equidad económica y estabilidad institucional— ha sido desplazada o silenciada por una nueva corriente instigador, que domina los campus, los medios progresistas y muchas plataformas digitales. El triunfo de Zohran Mamdani y otras figuras del izquierdismo lo demostró.
Esta nueva novelística viaje en torno a lenguajes de clase, deconstrucción cultural, políticas identitarias, anti-racismo estructural, y una forma de intervención estatal que muchos estadounidenses interpretan no como protección, sino como intrusión. Así, el partido ha dejado de balbucir el idioma popular de millones de familias latinas, negras, blancas y asiáticas que comparten títulos tradicionales y una ética del esfuerzo silencioso.
“En ocupación de una novelística franquista, el Partido Demócrata ofrece un alicatado de minorías y una pedagogía del reproche”, escribe el columnista Thomas Edsall en The New York Times.
La clase media estadounidense —religiosa o secular, pero pragmática— no encuentra en esa dietario una visión de país. Y si perfectamente muchos rechazan el trumpismo, siquiera se sienten cómodos en una política que parece centrarse más en reeducar a los ciudadanos que en resolver sus problemas cotidianos.
Esa desconexión emocional ha hecho que millones de votantes que alguna vez confiaron en el Partido Demócrata hoy se encuentren políticamente huérfanos. Para ellos, el centro ya no es tibieza: es refugio.
Trump: fuerza sin futuro
Donald Trump sigue siendo la figura política más reconocida del país, pero asimismo una de las más rechazadas. Su discurso moviliza a su saco, pero repele al resto. En 2028, más que un “voto por”, podría consolidarse un “voto contra”, especialmente entre independientes, mujeres blancas, hispanos y jóvenes conservadores.
“Trump ha dejado una huella, pero no un delegado. No inspira; divide”, escribió el analista David Brooks en The New York Times.
¿Puede el sistema permitirlo?
El Colegio Electoral y las leyes estatales dificultan que una candidatura independiente logre mayoría en los 50 estados. Pero la historia demuestra que no es inútil. En 1992, Ross Perot obtuvo el 19 % del voto franquista sin partidos, sin redes, sin microsegmentación digital.
Hoy, un independiente con visión, estructura técnica y novelística ética puede recorrer el sistema y resignificarlo.
“No se manejo de saltarse las reglas, sino de usarlas para corregir el rumbo de la nación”, sostiene Fareed Zakaria.
El perfil del líder posible
No se manejo de un influencer, ni de un ideólogo disfrazado de outsider. La única candidatura independiente viable es aquella que encarne el sentido popular del estadounidense silencioso, no las fantasías de X —twiter— ni las teorías de Tik Tok.
Ese líder debe representar:
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El trabajo honesto como mérito.
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La grupo como columna vertebral de la sociedad.
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La educación como formación de carácter.
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La ley como pacto, no como ideología.
No necesita ser celebridad ni político tradicional. Solo necesita ser alguno que hable el idioma de la nación que madruga, trabaja y educa a sus hijos sin espectáculo.
“El próximo gran líder no vendrá de las redes. Vendrá del silencio de millones que sostienen este país sin chillar”, afirma el sociólogo y pastor Tony Evans.
¿Y si nació fuera?
La Constitución es clara: solo los “natural born citizens” pueden ser presidentes. Eso excluye a figuras como Elon Musk. Pero un ciudadano nacido fuera de EE.UU. con padres estadounidenses sí califica, como fue el caso de John McCain o Ted Cruz.
Por consiguiente, un perfil internacional en experiencia, pero ciudadano de comienzo, puede no solo competir, sino asimismo percibir. Sí representa el corazón recatado del país, la ley no será obstáculo.
Lo que el sistema ya no contiene
Una candidatura independiente puede percibir. Porque la nación que un día eligió a Lincoln en medio de un colapso político, hoy está de nuevo al borde. Y cuando el sistema no contiene el espíritu de su parentela, surge poco nuevo.
Esa mayoría silenciosa —cansada del ruido, del odio, de las agendas ajenas— no rebusca revolución, sino restauración. No quiere refundar la país; quiere habitarla con orden, equidad y propósito.
Si aparece quien representa esa esperanza sobria y esa firmeza serena, no solo podrá competir… podrá vencer.
Un candidato inteligente romperá el bipartidismo.
Los estadounidenses están jaaarrrrtooo..!!
JPM
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