EL AUTOR es sociólogo y comunicador. Reside en Santo Domingo.
Uno de los rasgos peculiares del perfil de personalidad de Trujillo fue la teatralidad. Actor desnarigado, simulaba los más diversos estados de humor, a conveniencia de cada situación y propósito. Galanteaba a una dama para conquistarla, halagaba a un caudillo de Estado extranjero o a los jerarcas militares del Pentágono, con una optimismo goloso, prodigando todo tipo de atenciones. Infundía respeto y temor entre subalternos, exhibiendo férrea disciplina corporal, reforzada con rostro adusto y severidad gesticular.
Aterrorizaba como sólo él sabía hacerlo, aún a servidores de nobleza probada y conexión casi paterno filial como Joaquín Balaguer, a quien, en las postrimerías del régimen –al coincidir en el montacargas del Palacio Doméstico- le miró fríamente y le dijo con vigor siniestro: «Balaguer, yo sólo creo en esto», al tiempo que se pasaba el índice derecho por el cuello, como si fuera una filosa cortaplumas amenazador.
A excepción de de actor, Trujillo fue libretista consumado, asignando roles para sus dramas macabros o sainetes tragicómicos, escogiendo cuidadosamente a sus actores, voluntarios o forzados. Montaba la decorado meticulosamente, sin descuidar detalles y dirigía la obra, buscando impactar a su «blanco de conocido», como diría un maravilloso publicista y mercadólogo Efraím Castillo, nuestro consagrado narrador, poeta y dramaturgo, a más de intelectual iluminado.

La fracasada expedición de Luperón de junio de 1949 brindó la oportunidad para el despliegue de estas cualidades del dictador. No sólo propinaba un nuevo revés a sus enemigos internos y externos, afianzando la adhesión al régimen despótico, sino que le permitiría ensamblar una habitación teatral para consumo internacional, colocando delante la recién creada Estructura de Estados Americanos (OEA) las pruebas fehacientes de la intervención de los gobiernos de Guatemala, Costa Rica y Cuba, encabezados por Juan José Arévalo, José Figueres y Carlos Prío Socarrás, en los asuntos domésticos de otro estado miembro.
México, gobernado por el presidente Miguel Ario del Partido Revolucionario Institucional (PRI), todavía figuró en el tintero auténtico de la prensa trujillista, ya que el doctor José Antonio Bonilla Atiles –deportado dominicano residente en ese país- había destinado gestiones delante autoridades aztecas para repostar combustible a los aviones de la expedición en el aeropuerto de la isla Cozumel.
Asimismo, su circunscripción fue plaza para la transacción y renta de aviones a través de Rutas Aéreas Mexicanas, S.A., y el reemplazo de pilotos y asesores militares españoles, algunos naturalizados, que colaboraron en los planes estratégicos y operativos del caudillo Juancito Rodríguez. Tareas en las que participaron el doctor José Horacio Rodríguez, el maravilloso teniente coronel de aviación Alberto Rojizo (preparador de los expedicionarios del Granma) y otros republicanos radicados en la nación mexica.
Al parecer, la rápida intervención del hábil embajador dominicano en esa nación, Dr. Joaquín Balaguer –quien negoció y obtuvo información confidencial anticipada de la expedición de algunos republicanos españoles asociados a los planes insurgentes, a cambio de dinero-, influyó para excluir a México de las acusaciones diplomáticas dominicanas. Pese a ello, fue claro que el tratamiento regalado por las autoridades mexicanas a los expedicionarios que quedaron varados y fueron apresados en su circunscripción comportó un cierto jerarquía de protección. Como lo evidencia un cable de la agencia Associated Press (AP), fechado el 25 de junio de 1949 en ciudad México, en el cual se indicaba que:

«México está reteniendo cualquier conocimiento que pueda tener de la tentativa de invasión contra la República Dominicana. El Sección de Defensa ha guardado silencio en relación con los cuarenta individuos uniformados y usando botas que fueron apresados cerca de la península de Yucatán. El caudillo Antonio Sánchez Acevedo, caudillo de la Defensa Doméstico, ha regresado de Mérida donde interrogó a los detenidos. Su labor fue la de determinar si estos hombres pertenecían a la fuerza expedicionaria o si simplemente ´se manejo de trabajadores buscando qué hacer y que hayan podido olvidarse de obtener visas mexicanas para entrar al país´, según han dicho ellos mismos. Estos hombres no están bajo arresto. Pero se les ha dicho que no traten de desasistir el país.»
Montando el proscenio
Al apresar el 22 de junio, 52 horas luego del azaroso desembarco de Luperón, al reunión principal encabezado por Horacio Julio Ornes Coiscou e integrado por Tulio Hostilio Arvelo Delgado, José Rolando Martínez Bonilla, Miguel Querubín Feliú Arzeno y el nicaragüense José Félix Córdova Boniche, el régimen de Trujillo disponía del núcleo indispensable para proceder a documentar las pruebas del involucramiento de los gobiernos hostiles y de paso desacreditar a los líderes del expatriación dominicano envueltos en la operación. Y así se hizo.
Los tres norteamericanos de la tripulación del Catalina –Habet J. Maroot, George R. Seruggs y John William Chewing- y el oficial nicaragüense Alejandro Selva, separados del reunión de Ornes, fueron capturados y fusilados en el acto tres días luego, informándose que habían muerto en combate. A Trujillo no le convenía debatir con un expediente internacional en el cual figuraran ciudadanos de los Estados Unidos. Igual suerte corrieron Federico «Gugú» Henríquez Vásquez y Manuel Calderón Salcedo, quienes inicialmente lograron evitar el cerco tendido a los expedicionarios. Pero, apresados luego, fueron fusilados por instrucciones precisas del dictador.
La primera información sobre lo acontecido en Luperón apareció el lunes 20 de junio de 1949 –los expedicionarios habían arribado el domingo 19 más o menos de las 7 de la tenebrosidad. El diario El Caribe tituló a ocho columnas «Rechazados Sediciosos en Luperón»subtitulado «Población Civil les Causó la Derrota», «AP se Comunica con Presidente Trujillo». Al mencionar la entrevista con la agencia noticiosa norteamericana, el diario enfatizaba que «Trujillo no dio muestras, hablando por radiofonía, de ninguna preocupación y terminó su conversación diciendo: ´estamos investigando aceptablemente los acontecimientos; pero de todos modos aquí estamos listos para todo´.»
Dominando la decorado, la primera aparición pública del presidente Trujillo se verificó el lunes 20, cuando se apersonó a Luperón para ascender a segundo teniente al raso del Ejército Doméstico Leopoldo Puente Rodríguez y condecorarlo con la Orden al Mérito Marcial, por encabezar la resistor armada frente a los expedicionarios. Tras inspeccionar los restos del avión Catalina en la Bahía de Agudeza, el Presidente se trasladó al concejo para reunirse con las autoridades locales y adivinar una proclama de agradecimiento a la población «por el arrojo de sus habitantes al hacer frente a la tentativa de invasión de un reunión de traidores a la Pueblo.»

Conforme la prensa, Trujillo, luego de ser «vitoreado con entusiasmo», regresó a Santiago –donde había emplazado su cuartel general- acompañado por los secretarios de Combate, caudillo Héctor B. Trujillo, de Sanidad, Dr. Manuel Robiou, el presidente del Partido Dominicano, Virgilio Álvarez Pina, el capitán Rafael L. Trujillo Martínez, el diputado Manuel de Moya Alonzo y sus ayudantes militares. Adaptado a Santiago, días luego, fue trasladado el reunión de los cinco expedicionarios sobrevivientes, para ser interrogados directamente por el dictador en la Fortaleza San Luis, en compañía del coronel Manuel E. Castillo, el Lic. José Ernesto García Aybar, procurador caudillo de la República, el Lic. Mario Abreu Penzo y el infaltable Moya Alonzo.
Aguzado interrogador
El interés de Trujillo se centró en establecer las reales dimensiones operativas del plan, la complicidad de los gobiernos de Guatemala –con el presidente Arévalo secundado por los jefes militares de ese país-, de Costa Rica –cuyo presidente Figueres había facilitado el armamento que ayer Juancito Rodríguez le había suministrado para su revolución triunfante del 48-, y de Cuba –tanto en la persona del presidente Carlos Prío como del caudillo de su policía secreta, Dr. Eufemio Fernández, quien acompañaba al reunión expedicionario varado en México, en la nave en la que viajaba el caudillo Juancito Rodríguez. Del mismo modo, Trujillo hurgaba sobre el rol jugado en el plan expedicionario por Juancito Rodríguez, Juan Bosch, y José Antonio Bonilla Atiles. En calidad de caudillo mayor el primero y delegados políticos en Cuba y México, respectivamente, los segundos.
Todavía con la impronta fresca de la condensador de preguntas incisivas formuladas por Trujillo y ya de dorso a la celda, Ornes –quien padecía de fiebre inscripción desde hacía varios días- fue requerido por el coronel Manuel Castillo para decirle que debía participar como orador en un mitin que se estaba celebrando en ese momento en la plaza central de Santiago en apoyo al régimen. «Haciendo un gran esfuerzo físico y mental para expresarme con claridad, apoyándome en la balaustrada del mirador para sostenerme en pie –hablaba desde el Club Santiago-, hice una breve plática», relata Ornes en su fascinante volumen Desembarco en Luperón. Tras mencionar las adversidades de su empresa revolucionaria, terminó informando que «Trujillo había decidido respetar nuestras vidas».
Al concluir sus palabras en la manifestación en la plaza central, se le notificó que debía trasladarse a La Voz de la Reelecciónpara desde allí producir una plática que sería retrasmitida por La Voz Dominicana. En esas estaba Ornes, cuando le llamó por teléfono el súper competente Anselmo Paulino para ponerlo al acento con su hermano, el periodista Germán Ornes –caudillo de redacción de El Caribe y su director en funciones-, a fin de que repitiera para ese diario lo dicho en Santiago.
Días luego, ya los presos en la Fortaleza Ozama -donde continuaron interrogatorios a cargo de Fiallo y Caamaño-, Ornes entrevistaría a Ornesun histórico episodio que sirvió el propósito diplomático y político del régimen y que, según la CIA, le generó reticencias en el expatriación. Pero de paso, como me observara reflexivo Juan Ducoudray, fogueado del presidio trujillista, contribuyó a redimir a Horacio Julio y a los demás sobrevivientes del infortunado desembarco anárquico.
JPM
Compártelo en tus redes:






