Ocurren cosas en las vidas de las personas que las marcan para el resto de sus vidas. A veces no comprendidas. Pero, al discurrir del tiempo, si uno se encuentra con amigos de la misma vivientes con capacidad para analizarlas y comprenderlas, contribuye a que esa forma de ser y hacer, puedan ser mejor asimiladas por aquellos con los que durante primaveras hemos convivido, estudiado o trabajado. Uno de esos amigos es el analista, estudioso Leonte Betún. No solo analizamos, sino que tratamos de averiguar el origen y la razón de algunos comportamientos coincidentes. Sobre la amistad y las relaciones, personalmente, recibí tres influencias:
Primero, por parte de mi papá, quien siempre nos advertía sobre las lisonjas. Decía que no siempre eran necesariamente espontáneas, sino que podían estar influenciadas por intereses no definidos.
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Segundo, cuando desde pequeños recibimos catecismo y conocimiento bíblicas, y se nos destacaba una expresión de Jesús, según Mateo, en el sentido de que “no todo el que dice señor, señor, entrará al reino de los cielos”. Palabras que de alguna forma yo la entendía íntimamente entrelazada los que nos decía nuestro Papá que era un ferviente creyente.
Tercero, ya más adulto, cuando comencé a percibir los grandes filósofos de la humanidad. En sinceridad me provocaron algunas expresiones atribuidas al historiador, biógrafo y moralista Plutarco. Quien se refirió en muchas ocasiones a la amistad y tenía una concepción que personalmente ligaba a las dos anteriores. A las que aprendí en casa y en los catecismos, como estas: «No necesito amigos que cambien cuando yo cambio y asientan cuando yo asiento. Mi sombra lo hace mucho mejor».
“El real amigo dice la verdad, aunque moleste o duela. Pues la relación que tenemos con nosotros mismos, de coito propio, crea en nuestra mente la permanente ilusión respecto de quienes somos efectivamente”. “Siendo cada uno de nosotros el principal y anciano indigno de sí mismo, debemos aposentar sin problemas a alguno de exterior como prueba. Determinado que nos critique y nos haga declarar los errores y defectos. Sólo un amigo real es capaz de librarnos de la ilusión y ganar que nos miremos en el espejo del alma”.
“La moderación, en cualquier estado de la vida, es la virtud de una existencia compensada y equilibrada. “El odio es una tendencia a beneficiarse todas las ocasiones para perjudicar a los demás”. “A veces una broma, una suceso, un momento insignificante, nos pintan mejor a un hombre ilustre, que las mayores proezas o las batallas más sangrientas”.
Plutarco enseñó, encima, que hay personas que en ocasiones creen que cuentan con amigos porque les hacen el repertorio, mientras consideran contrarios o enemigos a otros porque los rebaten; sin bloqueo, más tarde comprueban que los supuestos amigos eran ocasionales y oportunistas, y que los que consideraba contrarios eran sus verdaderos amigos.
Tres ideas o conceptos que a mi humilde criterio están concatenados. Las dos primeras porque las aprendí en casa y en la iglesia, y la tercera, imagino yo que Plutarco, quien nació pocos primaveras a posteriori de la asesinato de Jesús, en sus viajes por lugares donde predicó San Pablo, no deja de ilusionarme la idea de que en su condición de formador, historiador e investigador pudo deber recibido alguna influencia de Jesús. Pero es pura especulación mía.






