Tras el examen de residencias médicas: una conversación que el país no puede seguir postergando

Yotin Pérez | Foto: Fuente externa

Ayer miles de médicos dominicanos se sentaron frente al examen doméstico de residencias médicas. No era una prueba cualquiera. Era la puerta de entrada al concurso que define quién podrá iniciar una especialización hospitalaria este año.

Conviene aclararlo desde el principio: el examen no otorga directamente una plaza. Es el primer filtro de un proceso competitivo. Luego viene el concurso, la selección por orden de mérito y la escogencia de distintivo según disponibilidad y puntuación.

Pero más allá de la mecánica del proceso, los números hablan por sí solos.

Este año, 6,450 médicos aspiraron a 1,400 plazas.

Eso significa que por cada cupo compiten 4.6 aspirantes.

La monograma no es escandalosa por sí misma. La competencia es parte natural de cualquier sistema meritocrático. Lo que sí merece exploración es lo que esa presión revela.

Durante abriles hemos expandido la formación universitaria en medicina. Se han amplio nuevas escuelas. Han aumentado las matrículas. El país produce cada vez más médicos generales. Sin requisa, la capacidad formativa en residencias no ha crecido con la misma coherencia estructural.

Y aquí es donde la discusión se vuelve más profunda.

Tradicionalmente, las especialidades más demandadas han sido cirugía militar, obstetricia y obstetricia, pediatría y medicina interna. Son las primeras opciones de la mayoría. Sin requisa, el sistema funciona por orden de puntuación. Quien obtiene una nota reincorporación puede optar por áreas más cerradas y con menos plazas —dermatología, otorrinolaringología, urología, prótesis— especialidades más limitadas y en gran medida competitivas.

El resultado es un engendro que repetimos cada año: saturación en las especialidades más atractivas y, al mismo tiempo, dificultades para completar cupos en otras áreas estratégicas.

No es casual que en convocatorias recientes el Profesión de Vigor Pública haya tenido que autorizar ampliaciones de plazas en emergenciología o medicina ordinario y comunitaria, e incluso ajustar la nota de corte para solucionar su ocupación. En la actos, esto termina funcionando como una redistribución por puntaje: quienes no alcanzan determinadas especialidades ingresan a otras con beocio demanda original.

El problema no es acorazar medicina ordinario o emergenciología. Al contrario, son pilares esenciales del sistema. El problema es que su opción no siempre alega a inclinación, sino a posición en la tabla de resultados.

Y cuando la formación especializada se distorsiona por presión competitiva y no por planificación estratégica, el sistema inconmovible se resiente.

Pero sería injusto acotar el debate a la cantidad de plazas. El tema es más complicado.

En la última período han surgido nuevas escuelas de medicina, muchas bajo la supervisión del Profesión de Educación Superior, Ciencia y Tecnología (MESCyT). Sin requisa, brindar programas no equivale a respaldar seguimiento riguroso. Existen realidades conocidas en el circunscripción: docentes no remunerados o insuficientemente compensados, profesores que sostienen programas por compromiso personal más que por estructura institucional, hospitales donde la carga asistencial desborda la función académica, residentes que no reciben supervisión constante y evaluaciones formativas sistemáticas.

A esto se suma la responsabilidad compartida del Profesión de Vigor Pública como rector retrete, del Colegio Médico Dominicano como víscera agrupado y de las sociedades médicas especializadas como guardianas científicas de cada disciplina. La formación de un doble no puede reconocer nada más del esfuerzo individual del residente ni de la buena voluntad de un servicio hospitalario.

Ampliar plazas sin acorazar calidad sería un error.

Sostener la presión contemporáneo sin revisar el maniquí además lo es.

El examen de ayer no debe convertirse en una discusión anual sobre dificultad o curva de resultados. Debe asumirse como un espejo del sistema. Refleja presión, revela desajustes vocacionales y expone la escazes de coordinación entre política educativa y planificación sanitaria.

La pregunta no es solamente cuántos entrarán este año.

La pregunta es si el país está diseñando una formación especializada coherente con sus micción epidemiológicas y territoriales.

¿Estamos alineando la comprensión de escuelas con la capacidad hospitalaria vivo?

¿Estamos planificando cuántos especialistas necesitaremos en los próximos vigésimo abriles?

¿Estamos garantizando que cada residencia funcione bajo estándares académicos verificables?

Detrás de cada candidato hay seis abriles de formación, inversión ordinario y expectativa legítima. Pero detrás del sistema hay una responsabilidad aún longevo: sostener que el doble que se forme tenga la profundidad clínica, ética y académica que la población merece.

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Doctor en Medicina egresado de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, postgrado en Obstetricia y Ginecopatía en el Hospital Central de las Fuerzas Armadas. Profesor de Simulación Obstétrica en Intec. Docto en Gobierno y Papeleo hospitalaria.


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