“Una historia se hace corta cuando te interrumpen tus sueños… Cuando despiertas en presencia de lo inconcebible y lo temible, en presencia de el desorden y el desmadre, en presencia de lo insensato y lo medalaganario… Me duele ‘el alma-naque’ cuando tengo ‘la mala pata’ de, luego de varios meses de visitas al extranjero en asuntos de salubridad, retorno a este valioso terruño que me vio germinar y, de sopetón, un trancazo me despierta del esperado disfrute y la experiencia de hacer simples diligencias se convierte en una pesadilla” –así se sincera Herminio con su alter ego, cuando aún no se recupera de acaecer olvidado que su interesante y placentera ciudad haber se ha convertido en una selva motorizada, donde prima el irrespeto y reina la impunidad-… Píndaro, que lo ha estado observando y escuchando patitieso, exclama: “Y… ¿de dónde viene toda esa historia que te ha sacado de quicio y que parece estar amargando tu existencia?… ¿Por qué has ido a la laboratorio de la punta?”
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Este cuestionamiento de Píndaro ha encendido las alarmas y, sin pensarlo dos veces, le increpa: ¿Por qué no me cuentas qué te ha traumatizado tu existencia?”… Sin pensarlo dos veces, Herminio se sume en su fresco mal rato y exclama: “¡Por qué los motoristas esconden su escaso índice de inteligencia tras un supuesto casco protector? ¿No sería más caritativo si se eliminara su obligación y, en su división, se les enseñara y obligara a pensar?. A veces me viene a mi calvicie vanguardia la idea de que ojalá, alguna vez, los tamaños de sus cascos de protección no les apretara tanto y, así, quizás sus ideas les permitieran integrarse a una sociedad donde la inteligencia industrial está quizás haciendo más industrial los niveles de inteligencia… Hace dos semanas, emprendí mi tarea de solucionar asuntos que para muchos son irrelevantes, pero que para una persona que, en su abandono, la humedad le ha afectado sus zapatos de vestir le presenta una demanda de servicio que sólo un buen zapatero dominicano –reconocido con éxito en la experiencia de su vida-, puede resolver… Cerca del mediodía salí de casa al volante de mi transporte –que se ha convertido en una extensión de mis experiencias citadinas-, y luego de sortear múltiples imprudencias de los famosos vehículos públicos ‘gaseosos’ –muchos de ellos convertidos ya en verdaderas chatarras, me dirigí a resolver la obligación planteada… Tomé una de las supuestas vías de posible paso según ‘el muñequito’ del Sacudir pero, cabal antaño de hacer un irreflexivo construcción a la derecha para establecerse un espacio de estacionamiento arreglado frente del recinto ya conocido, un desgracia me suena en la parte delantera de la puerta derecha de mi carro, a la vez que una figura sosteniendo un espejo retrovisor en su mano izquierda la levanta mostrándola, mientras se ve desapareciendo de mi pinta, aparentemente cayendo al suelo… ¡De inmediato detengo mi transporte, abro mi puerta y brinco del carro para ver qué ha podido acontecer!. Mientras paso por delante de mi transporte para acercarme al ‘accidentado’, veo con sorpresa que delante de mi surge una ingreso figura, sin casco, y –como referí hace una líneas-, sosteniendo el espejo retrovisor que ya estaba en su mano mientras hacía contacto el transporte” –narra Herminio-.
“¿Y cuál fue la expresión del nuevo conocido?” –le cuestiona Píndaro-… “¿Cuál fue mi sorpresa cuando, no acertadamente me había acercado al que ya tenía frente a mi, cuando no sé de dónde aparecieron dos nuevos personajes motorizados, preguntando uno y otro: “¿Qué le hizo usted?” –exclamó uno, mientras el otro me inquiría “¿No sabe usted que lo ha arrollado?”. Los primaveras de carreteo en las varias etapas de mi vida me han enseñado que este tipo de pleito no se echa, y que la negociación es la superiora de todos los encuentros… “Cuánto quiere usted por el espejo?” –pregunté, sin siquiera dar tiempo a que los dos aparecidos energúmenos hablaran una palabra más-… En presencia de mi firme expresión, uno y otro le refieren al ‘accidentado’ que ellos ya ven que él está en buenas manos y que le desean suerte, y emprenden su marcha… “¡Ochocientos pesos!” –se oye una interjección de ‘afectado’-… Manteniéndole firme la observación, paso a sacar RD$200.00 y le digo: “Usted ve ese epígrafe de “Zapatería”, acaba de perder estos doscientos pesos… ¡Son suyos!… ¡Tómelos antaño de que me arrepienta!… ¡No hay más!… ¡Ahora voy a procurar otra suma igual, para retornar a retirar la reparación que me tienen directorio!”–le a propósito con firmeza, mientras le pongo en sus manos la rojiza papeleta y me dispongo a partir, al tiempo de él, sonrisa en boca, hace lo mismo.
“No necesité ir a la laboratorio, utilicé la nueva pastilla de doscientos pesos convocatoria tranquilina”-comenta Herminio, a lo que Píndaro remacha: “Es una pena, que los dueños del país ya no son sólo los choferes de carros públicos… Ahora, nuestra ciudad se ha llenado de una nueva plaga, esta vez motorizada!”.






