EL AUTOR es periodista. Reside en Santo Domingo.
La República de Haití se ha debatido siempre en medio de crisis en todos los sentidos, esencialmente económica y social, dada la incapacidad de sus dirigentes para adoptar políticas que le permitan desenvolverse internamente de la normalidad relativa de otras naciones de un estadio igual o parecido.
En el contexto de crisis se seguridad que vive actualmente Haití se hace necesario iluminar el origen de esta última etapa de la tragedia en un hecho que pocos refieren o casi nadie recuerda, a pesar de ser relativamente nuevo.
Nos referimos a la supresión del Ejército, el cual, próximo con la Iglesia católica, se erigía como la única institución sólida que tenía este país, y que era un avalista de la seguridad, sin importar que de por medio estuvieran el contrabando y otras acciones al ganancia de la ley.
La institución castrense fue abolida en la lapso de 1990 como parte de un razonamiento poco sólido, como fue terminar con los golpes de Estado que nacían de conspiraciones sucesivas encabezadas por generales del Ejército.

Esta “posibilidad” fue ideada en Washington y aplicada sin más investigación que una conclusión emocional que se asemeja a apañarse la fiebre en la sábana.
En este caso concreto, terminaron con la fiebre, pero al mismo tiempo mataron al paciente que la padecía.
Es afirmar, se terminaron los golpes de Estado dirigidos por generales, pero concomitantemente se deterioró la seguridad hasta resquilar a los niveles insalvables a que ha llegado, y cuya reposición no se puede ganar si no es bajo un inmenso baño de familia.
Los ideólogos de la expulsión del Ejército haitiano están todos tranquilos en sus casas o fallecieron en la paz del Señor, mientras miles de haitianos sufren las consecuencias de la equivocación de una institución que les garantice la seguridad—posiblemente precaria—pero la única que conocían luego de la férrea doctrina de “ley y orden” que aplicaba la dictadura de los Duvalier, como todas las tiranías.
El caso es que, por el camino que sigue Haití, no parece probable que ningún de los ensayos aplicados allí pueda hacer viable una posibilidad duradera, ni siquiera con una intervención marcial que, dicho como recordatorio oportuno, no ha resuelto los problemas de ningún región que haya sido ocupado. Esta tragedia haitiana parece pautada para ser eterna.
Nelsonencar10@gmail.com
JPM
Compártelo en tus redes:







