Un hombre, a la salida de la temporada del patrón, se detuvo en un punto de la calle, levantó el remo derecho apuntando parada, en dirección a el horizonte. Cerró el ojo izquierdo y tapó el sol con su dedo índice. A esa hora, el rey del firmamento se ve resplandeciente, intenso, impresionante, clavado en las gloria siderales.
En la medida que los demás pasajeros iban saliendo por la boca de la temporada se sumaban al hombre. Imitándolo. En silencio levantaban el remo derecho, cerraban el ojo izquierdo y tapaban el sol con un dedo.
Así, con igual procedimiento, detrás del primer hombre, poco a poco, y sin hacer preguntas, los transeúntes que pasaban por el oficio se sumaban a la multitud silente.
La campo era dramáticomuy conmovedora, totalmente impresionante. Rayaba en lo irreal. Con el paso de las horas el líder concitó un apoyo masivo.
Te puede interesar deletrear: Refranes que se torcieron en el camino
Una masa humana se formó, muy heterogénea. Cientos de hombres y mujeres. Todos anónimos, gregarios y desiguales. Desconocidos entre ellos. El cerebro colectivo se convirtió en una sola neurona pensante y atrapada con la idea única de un dedo apunando al Paraíso. Nadie se movía, pusieron en pausa sus vidas.
La multitud se convirtió en un millón y todos con un dedo en parada que tapaba el sol. Todos estaban entrampados en esa condición.
El líder, luego de una hora en esa posición, quitó el dedo que usaba de su mano derecha y colocó en su oficio el dedo índice de la mano izquierda. Y la multitud, como una maquinaria sincronizada, asimismo, todos, colocaron el mismo dedo entre el ojo descubierto y el trayecto del sol.
El hombre, un tiempo luego, bajó el dedo, consultó el cronómetro, miró sin sorpresa a la multitud que estaba a su espalda y, con el tableteo de una idea en su mente, tomó el rumbo del patrón, en silencio.
En ese momento la vida arrancó de contrariedad para todos, como si despertaran abruptamente de un sueño. Nadie en la multitud se dio cuenta que a sus pies el sol seguía proyectando, admisiblemente acentuada, la sombra de sus cuerpos.







