Por Néstor Estévez
El Pregonero, Santo Domingo.-Nos enseñaron que la democracia nació hace veinticinco siglos en Grecia y que su etimología —demos (pueblo) + kratos (gobierno)— explicaba la esencia del sistema. En Gettysburg, Abraham Lincoln completó esa definición con una fórmula que parecía “aterrizar” el concepto: “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Era una forma elegante de rememorar que el poder debía reponer, en postrero término, a la ciudadanía.
Lo interesante es que, en aquel mundo antiguo, la democracia era igual. El demos deliberaba y decidía sin intermediarios. Junto a rememorar que el maniquí excluía mujeres, esclavos y extranjeros, pero tenía una virtud política que hoy suena radical: el poder no se ocultaba. Era visible, en la plaza pública, sometido al investigación directo de quienes participaban en él.
Con el paso de los siglos vinieron las mutaciones. La Revolución Francesa instala la cimentación moderna: derechos, libertades, representación y el célebre tríptico de “facilidad, igualdad y fraternidad”. Luego llega la democracia representativa: el pueblo ya no gobierna directamente, sino a través de procedimientos, instituciones y delegaciones. La política apetito estabilidad, pero pierde raíz y esencia; la deliberación se vuelve mediada y profesionalizada.
A mediados del siglo XX se añade otro patronímico: democracia participativa. Inspirada en Rousseau y en los movimientos por derechos civiles, el nuevo lengua pone el foco en la ciudadanía activa: presupuestos participativos, consejos de vecinos, referendos locales y mecanismos que intentan sacar el poder de los despachos para devolverlo a la calle. Algunos países, como Portugal tras su Constitución de 1976, llegaron a inscribir esa billete en la papeleo de los asuntos públicos.
Hasta aquí, la historia es una sucesión de capas: cada nueva interpretación conserva rudimentos de la antedicho y añade otros. Pero el giramiento más drástico no proviene de un parlamento ni de una revolución, sino de un ecosistema tecnológico: plataformas que ordenan la conversación política mediante sistemas algorítmicos que ni deliberan ni rinden cuentas.
La democracia nació en la plaza, se institucionalizó en el parlamento y hoy se disputa en un tablero donde lo fundamental no es la razón pública, sino la capacidad de producir atención, reacción y polarización. Ya no se persuade, se activa. Ya no se argumenta, se segmenta. La ciudadanía deja de compartir un espacio popular de debate y se fragmenta en audiencias emocionalmente administradas.
Esa fragmentación tiene consecuencias visibles. Los gobernantes asumen que ya no necesitan construir consensos normativos para avanzar decisiones que afectan a todos: les pespunte activar sus propios segmentos. El arbitraje institucional —interno y extranjero— se debilita. Acuerdos multilaterales, estándares internacionales y reglas compartidas pierden capacidad de freno.
Ahora se impone, con naturaleza preocupante, la autoridad que no negocia; la que actúa antaño de explicar; la que interpreta la licitud como un repertorio de poder y no como el resultado de una deliberación.
¿Sigue siendo de verdad esto que llamamos democracia? ¿Puede sobrevivir un sistema que necesita una esfera pública popular cuando la conversación se ha vuelto una suma de burbujas? ¿O estamos delante otra mutación, todavía sin nombre, en la que la democracia funciona sin deliberación y sin plaza pública?
Quizás la pregunta no sea si la democracia sirve, sino cuáles condiciones culturales, tecnológicas e institucionales hacen posible que sirva. Porque, al final, lo que está en charnela no es la epíteto, sino el modo en que decidimos cómo queremos convivir.
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