Ahora, pongamos las manos en el arado.
El ciclón tropical Melissaahora camino a Jamaica convertido en huracán con vientos de 280 km/h (categoría 5 en la escalera Saffir-Simpson), ha dejado tras sí un extenso trazado de lluvias que se han enfrentado con la existencia dominicana de siempre.
La misma existencia con que en el pasado se han enfrentado fenómenos similares que nos han azotado con más o menos intensidad.
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A afirmar verdad, las consecuencias de Melissa han quedado por debajo de lo que esperábamos, probablemente con la excepción del sur profundo, donde persisten las lluvias intensas.
Podemos alegrarnos, por el momento, de la preocupación del Gobierno por evitar y socorrer a tiempo a quienes han quedado damnificados. Igualmente nos alegramos porque nuestros organismos de socorro, con el COE al frente, son cada vez más diligentes, eficientes, eficaces y con decano disposición de comunicar a la población sus deberes en circunstancias como la que vivimos.
Siempre hay que repetir las circunstancias que rodean la existencia que está frente a nuestros fanales: los enseres de los fenómenos naturales que nos golpean son mayores porque la República Dominicana más insuficiente vive en condiciones vulnerables, indignamente vulnerables. Lamentablemente, poco se hace para que esta existencia cambie. Y será muy poco lo que cambie en los próximos 50 abriles, si seguimos las políticas que implementamos desde el Gobierno y desde el próspero sector privado. El instilación no transforma mínimo, no cambia mínimo, todo lo deja igual.
Pero en este momento debemos mirar alrededor de delante y comenzar, en lo inmediato, a remediar los males dejados por las persistentes lluvias de Melissa, sobre todo en el sur profundo.
Toca a las autoridades marcar las pautas, orientar las tareas, y a las comunidades, no cruzar los brazos sino contribuir a la reparación de lo dañado.
Hay muchos medianos y pequeños agricultores con sus predios anegados, con pérdidas millonarias. Este socorro es urgente, acompañado de bienes económicos. Los acueductos dañados deben ser reparados con necesidad, sobre todo para evitar las potenciales enfermedades del agua contaminada. Los puentes averiados, las escuelas, las carreteras, las viviendas, los enseres perdidos… necesitan manos amigas y diestras.
En compendio, el Gobierno, que tan buena voluntad y diligencia ha mostrado en estos días, debe extender sus largas manos de auxilio para reparar, rehabilitar, arreglar y devolver tranquilidad a los damnificados.







