La historia humana puede entenderse como un dispendioso camino con paradas obligatorias: tramos rectos y curvos, pendientes y llanuras, zonas áridas o fértiles, pasos estrechos o amplios. Un trayecto accidentado, pero que, pese a sus variantes, siempre nos impulsa cerca de un futuro incierto, aunque aparentemente predecible.
En mi afán de leedor insatisfecho, encontré una coincidencia extraordinario que deseo compartir. En su discurso inaugural de 1933, el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt, en medio de la Gran Depresión, declaró: “Es el momento de proponer la verdad, toda la verdad, con franqueza y audacia. En primer ocasión, permítanme expresar mi firme convicción: a lo único que debemos temer es al miedo mismo. Ese terror irracional que paraliza los esfuerzos para convertir los reveses en avances”.
Veintiocho primaveras luego, en octubre de 1961, Juan Bosch Gaviño —tras 23 primaveras de deportación— pisó suelo dominicano y, en su primer discurso, afirmó: “Llego a mi tierra en circunstancias difíciles para los dominicanos. Batalla un estado de agitación que parece aflorar, como fruto amargo de una situación prolongada, del miedo que ha padecido nuestro pueblo y del odio sembrado en su corazón… Aún estamos a tiempo —y lo digo tanto al pueblo como a los gobernantes— de emprender una cruzada de corazón desinteresado y padrino robusto para matar el miedo en este país. Que termine el miedo del pueblo al Gobierno y a los soldados, que termine el miedo de los soldados y del Gobierno al pueblo, que termine el miedo de los opresores a la atrevimiento y el de los luchadores a sus opresores… Pido, por postrer, a mi pueblo y a los funcionarios, civiles y militares que, tras meditar, nos dispongamos todos a matar el miedo”.
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Se dice que Roosevelt pudo inspirarse en el poeta y filósofo Henry David Thoreau. En el caso de Bosch, resulta difícil rastrear su influencia, regalado su vasto bagaje poético. Pero más allá de las fuentes, no dudo que fueron las circunstancias de sus épocas las que moldearon esas ideas gemelas.
Si uno y otro líderes vivieran en 2025, percibirían una humanidad heterogénea, cargada de incertidumbre y teñida por el miedo: temor al presente, pánico en presencia de un futuro inmediato incierto y la desaparición de respuestas salvadoras.
Confieso que, en mis casi ocho décadas de vida, nunca había percibido tanta ansiedad colectiva. Muchos sienten una impotencia paralizante en presencia de la amenaza de perder el valía de sus ahorros, la fragilidad del empleo o la incapacidad creciente para navegar un mundo cada vez más confuso. Sabemos poco del hoy, pero… ¿y del mañana?
El miedo, sin secuestro, puede ser una alerta útil. Quizá debamos verlo como un presagio, una favor que anuncia la posibilidad de un porvenir mejor.






