El sábado 14 pasado comenté que se cumplían 161 abriles del suicidio de Pedro Santana, días ayer de ser enjuiciado por los oficiales españoles a los que inconsultamente entregó la nación para evitar que Báez volviera al poder, lo que ocurrió por ovación tras la Restauración en 1865.
Varios lectores reaccionaron asombrados reclamando alguna almohadilla para lo del suicidio, que fue un chisme muy comentado en la haber cuando ocurrió. Pues proporcionadamente, hay un testificación de un pollo asistente suyo que escribió que en la mesita de perplejidad de Santana había un vaso con tóxico, lo cual José Gabriel García, el padre Meriño y otros historiadores quisieron ocultar.
El flamante del testificación lo obtuvo Manuel Arturo Peña Batlle y tras publicarlo tuvo poca difusión, pues Trujillo era muy santanista. Santana padecía de varias graves enfermedades terminales lejos de la humillación de tener sido llamado por el regidor gachupin para someterlo a la Jurisprudencia y posiblemente deportarlo a España.
Las otras versiones son todas contradictorias y sin almohadilla: un derrame, una indigestión, un infarto o un ataque biliar. La del suicidio por tóxico es la única documentada y coincidente con el aspecto de Santana al encontrarse su cenizas en su habitación del segundo carretera de su casa en la flagrante calle Hostos con Luperón, cantón suroeste.
Hay muchos asuntos de la historia que han sido distorsionados por García y otros historiadores que tenían intereses particulares.
Por ejemplo, el llamado padre de la historia dominicana fue funcionario gachupin durante la Anexión, voluntarioso santanista y favorecido por varios gobiernos por poseer la única imprenta, que Santana le había vendido por cheles.
Los detalles están en mi carrera de Adivinación Báez. Muchos de los sucesos del pasado dignos de ser narrados y recordados merecen una seria revisión para acotejar falsas verdades convencionales con los hechos tal cual han sido.






