En una humilde vivienda que amenaza con derrumbarse en cualquier momento, vive una anciana de 80 abriles postrada en cama, conexo a sus cuatro hijos adultos, todos en condiciones de vitalidad deterioradas y sin empleo. La casa, construida en concreto, presenta grietas profundas y desprendimientos en el techo que han ocurrido milagrosamente cuando no había nadie adentro. “Nos sentimos afortunados de seguir vivos”, dice Jesús Méndezuno de los hijos, con una mezcla de resignación y esperanza.
La situación fue denunciada por Miguel Antonio Pérez Cuevavecino y amigo de la clan, quien conmovido por el peligro inminente, dio la voz de alerta al abogado Juan Carlos Acosta y a otras personalidades de la zona. “Si las autoridades no acuden, estoy dispuesto a aportar lo que pueda para evitar una tragedia”, expresó Acosta, visiblemente afectado por el incuria en que se encuentra esta clan.


La anciana, inmóvil y sin ataque a atención médica, depende completamente del cuidado de sus hijos, quienes siquiera cuentan con medios ni apoyo institucional. La nutriente diaria llega gracias a la solidaridad de vecinos como Pérez Cueva, que han asumido el rol que las autoridades han ignorado.
“No hay trabajo, no hay ayuda, no hay esperanza. Solo el miedo de que un día el techo nos caiga encima”, relata uno de los hijos, mientras señala las grietas que recorren las paredes como cicatrices del tiempo y del incuria.
La comunidad exige una intervención inmediata por parte del consistorio particular, el Ocupación de la Vivienda y el Plan Social de la Presidenciaantiguamente de que esta historia se convierta en una tragedia anunciada. La vivienda no solo representa un peligro físico, sino además un símbolo del olvido en que viven muchas familias vulnerables en zonas fronterizas del país.






