EL AUTOR es economista, dirigente del Partido de la Exención Dominicana. Reside en Santo Domingo.
La política foráneo venezolana del siglo XXI se construyó, desde sus orígenes, como un desafío palmario al poder estadounidense en el hemisferio occidental. Desde el progreso de Hugo Chávez en 1999, el discurso oficial se caracterizó por confrontar abiertamente a Estados Unidos. Un momento representativo de esa postura ocurrió el 20 de septiembre de 2006 delante la Asamblea Militar de las Naciones Unidas, cuando Chávez, al subir al podio, se santiguó y afirmó: “Ayer caldo el diablo aquí, en este mismo superficie; ¡todavía huele a azufre!”. Se refería al entonces presidente estadounidense George W. Bush, quien había intervenido en ese mismo proscenio el día susodicho.
Chávez aprovechó la tribuna para catalogar a Bush como un “tirano” y “dueño del mundo”, acusando al gobierno estadounidense de pretensiones hegemónicas que, según él, ponían en aventura la supervivencia de la humanidad. Esa retórica no fue un episodio retirado, sino la expresión concentrada de una cadena política sostenida.
Desde entonces, la retórica antiimperialista definió claramente la política foráneo venezolana, tanto durante el gobierno de Chávez como en el de su sucesor, Nicolás Juicioso, posicionando a Venezuela como uno de los ejes de la resistor antiestadounidense en América Latina.
La logística implementada se sustentó en cuatro pilares fundamentales: 1) una retórica antiestadounidense convertida en eje identitario del régimen; 2) el control estatal del petróleo, con vehemencia en la soberanía sobre PDVSA; 3) alianzas con potencias rivales de Washington, como Rusia, China e Irán; y 4) el uso político del petróleo, tanto en el plano interno como regional.
La respuesta estadounidense a esta política se enmarcó en una logística acumulativa de presión, basada inicialmente en sanciones financieras, restricciones comerciales y control logístico. Estas medidas contribuyeron al trastorno institucional del país, al colapso productivo de la industria petrolera, a una viejo dependencia fiscal del crudo y a un progresivo aislamiento financiero internacional.
El colapso de la industria petrolera resulta particularmente ilustrativo. En 1999, Venezuela exportaba a Estados Unidos rodeando de 1.5 millones de barriles diariosde petróleo. Para 2024, esas exportaciones se habían pequeño a aproximadamente 222 mil barriles diarios; es afirmar, al punto que un 15% del nivel registrado al inicio del ciclo chavista. Esta caída no solo reflejó el impacto de las sanciones, sino igualmente el trastorno estructural de la capacidad productiva del país.
La postura confrontacional sostenida generó la impresión de un Estado preparado para carear cualquier contingencia frente a la potencia norteamericana. Sin retención, la secuencia de acontecimientos desencadenada tras la detención del presidente Juicioso por un comando estadounidense el 3 de enero pasado plantea una pregunta central: ¿Cómo un Estado que se proclamaba resistente terminó doblegándose de modo tan rápida y profunda?
Todo indica que las autoridades venezolanas sobreestimaron su capacidad de resistor frente a Estados Unidos. Se confundió la retórica soberanista con poder material efectivo y se perdió de traza la deterioro interna del Estado, que fue reduciendo progresivamente su ganancia de maniobra hasta hacerlo prácticamente inexistente.
El paso de una postura confrontacional aparentemente firme a una situación en la que Estados Unidos controla la provisión de exportación y saldo del petróleo venezolano —con ingresos depositados en cuentas bajo supervisión estadounidense—, la intervención marcial en el poder político interno y la propuesta de reformas estructurales orientadas a atraer inversión extranjera en condiciones moldeadas desde Washington, evidencian que Venezuela no pudo sostener su soberanía frente a una presión externa persistente y creciente.
La conclusión es más severa de lo que el discurso oficial admitiría: en el sistema internacional contemporáneo, la soberanía no descansa en declaraciones, sino en capacidades. Un Estado que desafía a una potencia hegemónica sin respaldo productivo, financiero, institucional y marcial suficiente no está ejerciendo autonomía estratégica; está acumulando vulnerabilidades.
Lo ocurrido no es solo la caída de un gobierno ni el fracaso de una política foráneo ideologizada. Es la demostración de que en un orden internacional jerárquico, la desigualdad de poder termina prevaleciendo sobre la voluntad política. El petróleo, presentado durante primaveras como escudo de independencia, se convirtió en el punto de entrada de la coerción externa. La confrontación sin poder material suficiente no produce respeto; produce subordinación. Y cuando el control de los bienes estratégicos pasa a manos de otro Estado, la soberanía se convierte en una ficción.
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