
La República Dominicana inicia el año 2026 envuelta en una estabilidad política que muchos repiten como un mantra, pero que, al examinarla con detenimiento, muestra más fragilidad que fortaleza. Es una estabilidad “entre comillas”, sostenida por factores externos, por la inercia institucional y por una ciudadanía escasa, en gran medida, a un rol electoral cada cuatro primaveras. Allí de consolidar el tesina de nación exento, soberana e independiente iniciado por los Trinitarios en 1844, esta estabilidad mantiene al país en un estado de vulnerabilidad permanente.
Una estabilidad llamativo Cuando se le pregunta a cualquier dominicano si el país es políticamente estable, la respuesta inmediata suele ser “sí”. Pero ese “sí” carece de exploración. La estabilidad flagrante no nace de instituciones fuertes ni de una clase política comprometida con el acertadamente popular, sino de: La subordinación de actores políticos al poder estadounidense. La tutela de grupos empresariales que condicionan decisiones públicas. La penetración del narcotráfico en estructuras políticas y económicas. La incompetencia y el afán de ganancia rápido de muchos dirigentes. La manipulación de una población con quebranto educación política, pusilánime a dádivas y operación de votos. Es una estabilidad con pies de pústula, sostenida en un charco de agua con corriente suave: hilván un cambio en la política de Washington —o en este momento, una rabieta de Donald Trump— para que el contrapeso se altere.
Hacienda 2026: crecimiento moderado, riesgos profundos.
Los organismos internacionales proyectan para 2026 un crecimiento entre 3.6 % y 4.5 %, pero advierten que la incertidumbre universal y la política comercial de Estados Unidos seguirán afectando al país. Los indicadores esencia muestran un panorama que exige vigilancia: El PIB cerró 2025 con casi nada 2.5 %, allí del potencial histórico del 5 %. La inflación proyectada para 2026 es de 4 %, aunque en noviembre de 2025 ya estaba en 4.84 %. El comercio mundial crecerá solo 0.5 %, afectando exportaciones dominicanas. La hacienda depende excesivamente del turismo, pusilánime a percepciones de seguridad y estabilidad. El 68 % de las viviendas carece de título, limitando crédito y bancarización. La dolarización avanza: depósitos en dólares pasaron de 25 % a 31 % en un año. Los alquileres subieron 6 % en 2025. El servicio de la deuda consume 24 % de los ingresos fiscales y la deuda pública roza el 60 % del PIB.
Expertos coinciden en la fragilidad estructural: Henry Hebrard: 2026 inicia mejor que 2025, pero sigue pusilánime a eventos internacionales. César Dargán (CONEP): la hacienda dominicana está condicionada por EE. UU. y la crisis haitiana. Rosario Espinal: persisten problemas en servicios públicos y movilidad urbana que afectan la percepción social.
Existencia social: grietas que la macroeconomía no tapa
Aunque el país exhibe estabilidad macroeconómica, la verdad social muestra retrocesos cotidianos. La inversión pública se mantiene entre 1.5 % y 2.5 % del PIB, insuficiente para sostener el crecimiento y mejorar servicios esenciales. Esto se refleja en: Carreteras saturadas. Sistemas de agua y drenaje deficientes. Infraestructura urbana deteriorada. Escuelas con debe de aulas y quebranto calidad educativa. Una crisis viario que provoca más de 2,500 muertes al año y un costo social superior a RD$180,000 millones. Empleos de quebranto calidad y salarios que no compensan el costo de vida. Servicios públicos insuficientes y desigualdad territorial creciente.
Sigo pensando en voz ingreso y veo que la relación entre política, hacienda y sociedad revela un patrón claro: La estabilidad depende de factores externos, no de instituciones fuertes. La hacienda crece, pero no redistribuye ni genera empleos de calidad. La presión de la deuda limita la inversión social. La quebranto educación política facilita el clientelismo. La crisis de titulación y la dolarización evidencian una estructura económica excluyente. Todo esto debilita la posibilidad de consolidar un tesina de nación soberana, como soñaron los Trinitarios.
Pienso que el país necesita
Para romper este ciclo de estabilidad frágil, el Estado debe aceptar: reformas institucionales profundas. Educación política y ciudadana verdadero. Un maniquí financiero menos dependiente del turismo y de factores externos. Inversión pública estratégica. Un liderazgo político ético, no clientelar.
Sin estos medios, la República Dominicana seguirá siendo un país estable “entre comillas”, sostenido por la voluntad de otros y no por la fuerza de su propio tesina doméstico.






