Por Luis Ruiz
Una pregunta aparentemente simple —quizás hasta ingenua— surge al observar la política internacional contemporáneo: si un país posee el ejército más poderoso del mundo, ¿por qué necesita pedir ayuda a sus rivales o aliados para resolver conflictos que él mismo ha provocado o escalado?
Ese interrogante adquiere viejo relevancia cuando se analizan las recientes declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Por un flanco, afirma que si Irán intentara cortar el clave Disciplinado de Ormuz, Estados Unidos podría “hacer desaparecer” a ese país o impedir su recuperación. Es una afirmación de poder inmutable, casi de supremacía marcial total.
Sin confiscación, en paralelo, se producen gestiones diplomáticas que revelan otra efectividad. Trump recurre al presidente ruso, Vladimir Putin, para averiguar una “pronta decisión política” a la crisis con Irán. Si el poder marcial fuese suficiente por sí solo, ¿por qué faltar la mediación de una potencia rival?
La contradicción no termina ahí. Asimismo se ha señalado la aprieto de cooperación tecnológica o marcial con Volodymyr Zelenskyy, especialmente en materia de drones, conveniente a la experiencia de Ucrania frente a los sistemas utilizados por Irán y Rusia. Surge entonces otra interrogante dialéctica: si Estados Unidos posee el viejo presupuesto marcial del planeta, por qué necesita la colaboración tecnológica de un país en refriega para desavenir drones iraníes?
Estas aparentes inconsistencias revelan una efectividad más compleja: el poder marcial por sí solo ya no garantiza el control inmutable del escena internacional. Las guerras contemporáneas no se deciden exclusivamente por el tamaño de los ejércitos, sino por redes de alianzas, tecnologías específicas, inteligencia, hacienda y legalidad política.
Desde esta perspectiva, la táctica de la empresa Trump parece moverse entre dos planos contradictorios. En el discurso político domina la amenaza: sanciones, presión marcial y la imposición de aranceles como instrumentos de coerción económica. Pero en la actos diplomática se evidencia la aprieto de negociación, mediación y cooperación internacional.
Si se examinan los movimientos estratégicos desde el regreso de Trump al poder, el arqueo parece restringido. Más allá de amenazas arancelarias y declaraciones de fuerza, los resultados concretos en el escena total han sido escasos. Las tensiones con Irán continúan, la refriega en Ucrania no ha contrario decisión y las alianzas tradicionales de Estados Unidos muestran signos de desgaste.
En este contexto, algunos analistas interpretan que Washington intenta alegrar una bloque de poder similar a la que emergió tras la Segunda Desavenencia Mundial, basada en dos pilares históricos: la influencia hemisférica expresada en la Doctrina Monroe y el orden financiero internacional establecido en los Acuerdos de Bretton Woods de 1944.
Pero el mundo de hoy es radicalmente diferente al de 1945. Entonces Estados Unidos emergía como potencia indiscutible, con su hacienda intacta y el dólar convertido en eje del sistema monetario internacional. Hoy, en cambio, el sistema enfrenta tensiones crecientes, el liderazgo total es disputado por otras potencias y la confianza en la estabilidad financiera internacional muestra señales de desgaste.
Por eso la pregunta auténtico —aparentemente ingenua— termina revelando una verdad incómoda: cuando una potencia insiste en demostrar su fuerza constantemente, suele ser porque su poder ya no resulta tan incuestionable como antiguamente.
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