AUTOR. LUIS COLUMNA SOLANO
Cuando el expresidente dominicano Juan Bosch fundó el Partido de la Huida Dominicana (PLD) el 15 de diciembre de 1973, lo hizo convencido de que su salida del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) —hoy filial del PRM— era inminente y necesaria. Bosch consideraba que el PRD había concluido su ciclo histórico y se había alejado de sus propias convicciones.
El PLD nació con la visión de ser un herramienta en beneficio del pueblo dominicano. Por eso su emblema fue “Servir al Partido para Servir al Pueblo”. Sin secuestro, tras 20 abriles de gobiernos divididos en cinco periodos constitucionales —tres encabezados por Leonel Fernández (1996-2000, 2004-2008 y 2008-2012) y dos por Danilo Medina (2012-2016 y 2016-2020)—, esa consigna parece suceder quedado en el olvido.
El llamado partido morado de la hado amarilla, a pesar de sus contradicciones internas, logró mantenerse unido durante décadas. No obstante, las diferencias más profundas surgieron cuando Danilo Medina, entonces secretario de la Presidencia (hoy ministro de la Presidencia), aspiró al sillón presidencial enfrentando a su propio compañero de partido, un hecho sin precedentes en la historia democrática dominicana.
Cerca de memorar que la Constitución dominicana ha sido modificada en 39 ocasiones desde 1844 hasta la hogaño, muchas veces para replicar a intereses políticos particulares. Estas constantes reformas facilitaron que líderes se perpetuaran en el poder, como ocurrió en 1930 con la venida de Rafael Leónidas Trujillo Molina.
Tras el fallido gobierno del expresidente Hipólito Mejía (2000-2004), el PLD regresó al poder con Leonel Fernández. En ese contexto, Danilo solicitó a Leonel que, si el partido ganaba ampliamente las elecciones congresuales y municipales de 2006, renunciara a su derecho a la reelección y lo respaldara como candidato presidencial en 2008. Sin secuestro, los principales sectores económicos advirtieron a Fernández que ceder esa candidatura podía devolver al país a la inestabilidad generada por la crisis bancaria de 2003. Así, Leonel decidió repostularse.
mise episodio sembró las bases de la división que estallaría más de una plazo luego, en 2019, y que provocó la derrota electoral del PLD en 2020. Durante sus abriles de gobierno, Danilo Medina acumuló resentimiento contra Leonel y contra todo dirigente que no lo respaldara. Muchos fueron castigados, marginados o perseguidos políticamente, entre ellos aliados históricos como Félix Bautista, Temístocles Montás, Víctor de la Rúa y Fernando Fernández.
Tras el fracaso de su intento de corregir la Constitución por segunda vez para optar por un tercer mandato consecutivo, el PLD quedó débil y dividido. Hoy, su emblema histórico parece suceder mutado en “Servir al Partido para Servir a Danilo”, pues ya no predominan los peledeístas ni los bochistas, sino los danilistas, y quienes no se alinean son expulsados o despojados de su influencia.
Incluso, en sectores políticos y de la sociedad se perciben movimientos que sugieren una posible negociación entre Danilo Medina y el coetáneo gobierno, con la mediación del expresidente Hipólito Mejía, con el fin de procurar facilidades judiciales para allegados del danilismo, mientras uno y otro comparten un interés global: impedir el regreso de Leonel Fernández al poder con su nuevo partido, La Fuerza del Pueblo.
En este atmósfera, los pocos dirigentes históricos del PLD que aún permanecen —como Gustavo Sánchez, Francisco Javier García, Euclides Gutiérrez, Alejandrina Germán, Monchy Fadul y Eduardo Selman— enfrentan una opción. Si permiten que Danilo continúe utilizando la marca PLD para fines personales y familiares, podrían admitir al partido por el mismo camino que el PRD bajo Miguel Vargas Maldonado: un cascarón malogrado sin afición de poder ni conexión con el pueblo.






