Sequía e inundaciones repentinas obligan a los afganos a confiarse sus hogares

Punta Cana. Adjunto a pequeños bultos con sus pertenencias, Maruf paciencia un transporte que lo llevará a él y a su clan allá de su pueblo, en el meta de Afganistán, donde la tierra, azotada por la sequía, lleva abriles sin producir carencia.

La mayoría de las viviendas de tierra cruda de su pueblo están vacías. Los residentes huyeron de «la sed, el anhelo y una vida sin futuro», dice a AFP este padre de clan, de 50 abriles.

«Nuestros campos se rindieron. En estas condiciones, la gentío se ve obligada a irse», dice. «¿Cómo puedes permanecer en análogo hueco cuando tienes hijos que nutrir?», pregunta.

Décadas de hostilidades obligaron a millones de afganos a confiarse su condado, pero desde que los talibanes recuperaron el poder en 2021, la principal causa del desplazamiento ya no es política ni de seguridad.

En Afganistán, uno de los países más vulnerables a los existencias del cambio climático, casi cinco millones de personas se vieron afectadas y 400.000 tuvieron que confiarse sus hogares adecuado a fenómenos meteorológicos a principios de 2025, según la Estructura Internacional para las Migraciones (OIM).

La mayoría de los 48 millones de afganos, que ya enfrentan una de las peores crisis humanitarias del mundo, viven en casas de tierra cruda y dependen de la agricultura, afectada todavía por el aumento de las temperaturas y los fenómenos meteorológicos extremos.

De los últimos cinco abriles, cuatro estuvieron marcados por un aumento de la sequía, mientras que algunas regiones han sufrido devastadoras inundaciones repentinas que arrasaron con viviendas, cultivos y ganadería.

– «Al borde del precipicio» –

«Las cosechas infructuosas, la sequía de los pastos y la desaparición de las fuentes de agua están llevando a las comunidades rurales al borde del precipicio», advierte la Estructura de las Naciones Unidas para la Comestibles y la Agricultura (FAO). «Cada vez es más difícil para las familias producir alimentos, obtener ingresos y permanecer en sus hogares».

El meta del país es el más afectado.

En la provincia de Yauzyán, Abdul Jalil Rassuli vio cómo cambió Bakawal, su pueblo. Donde antiguamente los melones crecían como por arte de encanto, ahora hay que comprarlos en la ciudad porque la tierra ya no da más.

«Todo se reduce al agua», reflexiona Rassuli, de 64 abriles, a la sombra de uno de los pocos árboles que quedan. «La escasez de agua lo destruye todo: la agricultura está devastada, los árboles están muriendo y ya no plantamos».

Los residentes huyeron a los países vecinos Irán y Pakistán hace una período con la esperanza de un futuro mejor. Pero muchos tuvieron que regresar: más de 4 millones de afganos fueron expulsados desde finales de 2023, según la Estructura Internacional para las Migraciones, cuando Pakistán inició repatriaciones masivas.

A su regreso, ya no trabajaron la tierra, sino que realizan trabajos esporádicos.

Abdul Jalil Rassuli paciencia que el canal Qosh Tepa, en construcción desde hace abriles, permita irrigar los campos con el río Amu Daria. Sin requisa, podría tardar más de un año en terminarse, según funcionarios del gobierno talibán.

– «Nunca habíamos manido poco así» –

Cuando Abdul Latif Mansur, ministro de Energía y Agua, enumeró los proyectos de represas y canales, tuvo que explorar en julio que «las medidas adoptadas no son suficientes».

«Hay muchos episodios de sequía. Debemos acudir a Jehová», suplicó, mientras las autoridades talibanas rezaban regularmente para que vuelva la chubasco.

Pero la chubasco no siempre es buena nota.

En caso de inundaciones repentinas, la tierra reseca no puede retener el agua.

Según la ONU, este año las lluvias se adelantaron en el país, con temperaturas más altas de lo habitual, lo que aumentó el aventura de inundaciones.

En junio, el agua arrasó con todo a su paso en la provincia central de Maidan Wardak.

«Tengo 54 abriles y nunca habíamos manido poco así», dijo Mohammed Qassim, de pie sobre el álveo agrietado y repleto de piedras de lo que antiguamente era un río.

Wahidullah, de 18 abriles, vio cómo su ganadería se ahogó y su casa quedó dañada e inhabitable.

Ahora su clan, compuesta por 11 personas, duerme en una carpa en un circunscripción tenuemente elevado con algunas pertenencias rescatadas de las aguas.

Wahidullah no puede evitar contemplar el peor atmósfera posible: «Si hay otra inundación, no nos quedará carencia ni adónde ir».

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