Cada día se incrementa la cantidad de vehículos de abundancia y jeepetas que transitan por nuestras calles contradiciendo la crisis económica y social internacional y doméstico.
La interpretación cultural muestra que no hay contradicción. Resulta que el status social que ofrece la jeepeta tiene viejo peso que el costo financiero que implica poseerla. La jeepeta se ha convertido en el país en un símbolo de status social ofreciendo una “supuesta imagen” de “progreso” y “bienestar financiero” (muchas veces irreal) a la persona propietaria, cree que le abre puertas a espacios sociales que lo requieren.
Puede estudiar: Sí, el 12 de octubre
La búsqueda de una imagen de un mejor status social en el país se consolida en las últimas décadas y no solo se muestra en la posesión de jeepetas y vehículos de abundancia, asimismo en otro factor importante para la población, el vestido.
El vestido ha sido símbolo de status social en nuestra historia cultural y ha servido para apretar las diferencias sociales. El establecimiento de un “código de vestimenta” en oficinas públicas, centros educativos y sistema educativo refuerza la gradación y desigualdad social. Encima de que reproduce y fortalece la discriminación étnico. La discriminación étnico se mezcla con este manejo simbólico de la apariencia como representación de conducta de las personas.
En nuestra sociedad la formalización y conservadurismo presente en la vestimenta tiene un crecimiento continuo. En las últimas dos décadas se ha instalado el uso del traje formal (saco y corbata) en los hombres convirtiéndose en una vestimenta de trabajo y de golpe a actividades sociales. Esto no ocurría décadas antes, muchos hombres no tenían traje y no lo necesitaban.
El conservadurismo y elitización que se expresa en la vestimenta tiene sus nexos con el crecimiento de esta tendencia en otras expresiones de nuestra vida social y política. El uso del saco y la corbata en los hombres los convierte simbólicamente en personas supuestamente “serias”, difícilmente se les vincule a actividades delictivas “ni corrupción”. Igualmente la ropa formal, maquillaje, prendas y peinados en las mujeres.
El peso de la apariencia en su asociación a status no solo se conecta a condición socio-económica sino asimismo nivel educativo y títulos como “honestidad” ¿Pareciera entonces que es más importante parecer ser “educado” “bueno” y “serio” que serlo?
Esta disociación afecta a nuestra adolescencia. Recibe una musculoso presión social en torno a el consumismo con reproducción de las incoherencias de la población adulta y personas con cierta relevancia política y a la vez se le excluye y estigmatiza por sus peinados, modas y tatuajes. Nuestro sistema educativo debe revisar si quiere seguir reproduciendo estos antivalores de la apariencia, discriminación étnico y desigualdad,






