
Desde su fundación en 1945, la Estructura de las Naciones Unidas (ONU) ha sido presentada como el mayor avalista del multilateralismo, la paz internacional y la resolución pacífica de los conflictos entre Estados. Sin bloqueo, a casi ocho décadas de su creación, la institución atraviesa una de las crisis de licitud y credibilidad más profundas de su historia. En este contexto, la fresco iniciativa del presidente estadounidense Donald Trump de impulsar un llamado “Consejo de Paz” (CP), al beneficio del sistema de la ONU, reabre un debate crucial: ¿estamos presenciando el ocaso del orden multilateral surgido tras la Segunda Desavenencia Mundial?
La convocatoria realizada por Trump, que reunió a 18 países entre ellos Argentina, Arabia Saudita, Turquía, Pakistán, Hungría y Emiratos Árabes Unidos evidencia el peso político y geoestratégico que aún conserva Estados Unidos en el círculo internacional. Según la agencia RT, el coincidencia contó incluso con la presencia de varios jefes de Estado, lo que refuerza la idea de que Washington está apostando por mecanismos paralelos de concertación internacional, prescindiendo de los canales tradicionales de la ONU. Resulta significativo que en dicho consejo no participaran los otros miembros permanentes del Consejo de Seguridad, lo cual revela que no se manejo de una iniciativa consensuada, sino de una plataforma sencillo a los intereses de la política foráneo estadounidense.
Este tipo de acciones no surgen en el vano. Son el refleja de una ONU debilitada, incapaz de ofrecer respuestas efectivas a los principales conflictos contemporáneos. El Consejo de Seguridad, víscera central en materia de paz y seguridad internacionales, se encuentra paralizado por el derecho al veto que ostentan Estados Unidos, China, Rusia, Francia y el Reino Unido. Este privilegio, concebido originalmente como un mecanismo de contrapeso entre las grandes potencias, se ha transformado en un utensilio de cerco sistemático que impide la acogida de resoluciones vinculantes y eficaces.
No es casual que ya en 1979, durante su histórica intervención frente a la Asamblea Militar de las Naciones Unidas, Fidel Castro cuestionara abiertamente la utilidad auténtico del organismo al preguntar: “¿Para qué sirven las Naciones Unidas?”. Aquella crítica, formulada en plena Desavenencia Fría, conserva hoy una vigencia inquietante. La ONU sigue produciendo resoluciones, declaraciones y condenas, pero carece de mecanismos reales para hacerlas cumplir, especialmente cuando entran en conflicto con los intereses de las grandes potencias.
La comparación con la Sociedad de Naciones resulta inapelable. Aquella institución, creada tras la Primera Desavenencia Mundial con objetivos similares a los de la ONU, colapsó adecuado a su incapacidad para frenar el promoción del fascismo, la expansión militarista y la desconfianza de sus propios miembros. Su desaparición no fue inmediata, sino el resultado de una pérdida progresiva de credibilidad y relevancia política. La ONU parece hoy transitar un camino similar.
La error de ejecución de las resoluciones de la Asamblea Militar, la selectividad en la aplicación del derecho internacional y el evidente doble rasera frente a conflictos y violaciones de derechos humanos han erosionado profundamente la confianza de los Estados y de la opinión pública mundial. Cuando las decisiones multilaterales son ignoradas o sustituidas por alianzas ex profeso y consejos paralelos, el mensaje es claro: el sistema válido ya no satisface las deposición ni los intereses del poder auténtico.
¿Significa esto que la ONU está condenada a desaparecer? No necesariamente en el corto plazo. Pero sí enfrenta una opción histórica: una reforma profunda y estructural o una lenta tribulación institucional. Sin una transformación auténtico del Consejo de Seguridad, que limite el veto, democratice la toma de decisiones y refleje la multipolaridad del mundo flagrante, la ONU corre el peligro de convertirse en un organismo meramente simbólico, desconectado de la dinámica auténtico del poder internacional.
En definitiva, el llamado Consejo de Paz impulsado por Trump no representa una nueva era de cooperación mundial, sino un señal más del debilidad del multilateralismo y del avance de un orden internacional fragmentado y parcial. La historia demuestra que los organismos internacionales no mueren por decreto, sino cuando dejan de ser bártulos. Si la ONU no logra reinventarse, podría valer la misma suerte que la Sociedad de Naciones: sobrevivir en los archivos de la historia como un esquema avaricioso que no supo adaptarse a su tiempo.






