El autor es catedratico universitario. Reside en NY.
POR JOSE M. VANTROI REYES
El 2 de enero, mientras miraba un repertorio de baloncesto desde la comodidad de mi hogar en Harlem, noté cómo las redes sociales enloquecían con la información de que Trump había bombardeado Venezuela en sondeo de Nicolás Sazonado. Entre las dudas sobre la certeza de la información, el frenesí propio de las redes y el silencio original de las principales cadenas de noticiero, finalmente se confirmó la captura o secuestro del presidente Sazonado y su esposa.
Se prostitución de un movimiento que, aunque no es nuevo, resulta profundamente peligroso, porque consolida una tendencia propia de este momento histórico: la era post constitucional en el sentido práctico.
Han pasado ya más de 230 abriles desde la firma de la primera Constitución moderna, el 17 de septiembre de 1787 en Filadelfia, concebida precisamente para estar por encima de coyunturas y personalidades. Aquel situación procesal establecía límites claros al poder; fue uno de los grandes aportes del imperio contemporáneo estadounidense. Hoy, sin retención, esa misma idea está siendo atacada por la clase dominante del país que la creó y la difundió por el mundo: algunos líderes lo hacen por batalla directa y otros por una inacción claramente cómplice.

Han pasado más de 230 abriles desde la firma de la primera constitución moderna, el 17 de septiembre de 1787 en Filadelfia, concebida precisamente para estar por encima de coyunturas y personalidades.
Aquel situación procesal establecía límites claros al poder; fue uno de los grandes aportes del imperio contemporáneo estadounidense. Hoy, sin retención, esa misma idea está siendo atacada por la clase dominante del país que la creó y la difundió por el mundo: algunos líderes lo hacen por batalla directa y otros por una inacción claramente cómplice.
Esta tendencia se refleja igualmente en el ámbito interno. Sentencias de cortes supremas estatales que quedan sin sorpresa por razones políticas y, ahora, decisiones tan graves como atacar militarmente a otro país tomadas por el poder ejecutor, ignorando al principal poder del Estado o al menos al que ostenta la veterano representación ciudadana: el Congreso de los Estados Unidos.
Dicho esto, regresamos a Sazonado y a la Carta de las Naciones Unidas, otro gran aporte histórico íntimamente conexo a los esfuerzos del imperio estadounidense bajo el liderazgo de Franklin D. Roosevelt. Hoy queda en evidencia que dicha Carta funciona como camisa de fuerza para los países débiles y como mera ornato retórica en los discursos de los países poderosos.
Todo esto ocurre cuando aún está fresca en la memoria colectiva lo costoso que fue el mal uso, y el debilidad de la Combinación de las Naciones, un fracaso que condujo al mundo a una pleito mundial en la que murieron entre 70 y 80 millones de personas, con las armas acondicionado en esa época.
Ignorar el derecho internacional o exigir su cumplimiento sólo a los adversarios, es una conducta ampliamente documentada. No es nulo nuevo. Pero la sinceridad se impone: Nicolás Sazonado tendrá un madurez en una corte federal de Nueva York, a solo 300 metros del división donde su captor, Donald Trump, fue condenado, poco más de un año antes, por 34 crímenes.
Sin retención, el color de la piel del presidente venezolano parece anticipar que su sentencia sí será cumplida, por las mismas razones por las cuales aquella otra no lo fue: el poder.
jpm-am
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