
El 2 de enero, mientras miraba un entretenimiento de baloncesto desde la comodidad de mi hogar en Harlem, noté cómo las redes sociales enloquecían con la información de que Trump había bombardeado Venezuela en sondeo de Nicolás Sazonado. Entre las dudas sobre la fiabilidad de la información, el frenesí propio de las redes y el silencio original de las principales cadenas de noticiero, finalmente se confirmó la captura o secuestro del presidente Sazonado y su esposa.
Se manejo de un movimiento que, aunque no es nuevo, resulta profundamente peligroso, porque consolida una tendencia propia de este momento histórico: la era post constitucional en el sentido práctico.
Han pasado más de 230 abriles desde la firma de la primera constitución moderna, el 17 de septiembre de 1787 en Filadelfia, concebida precisamente para estar por encima de coyunturas y personalidades.
Aquel ámbito legal establecía límites claros al poder; fue uno de los grandes aportes del imperio contemporáneo estadounidense. Hoy, sin requisa, esa misma idea está siendo atacada por la clase dominante del país que la creó y la difundió por el mundo: algunos líderes lo hacen por energía directa y otros por una inacción claramente cómplice.
Esta tendencia se refleja además en el ámbito interno. Sentencias de cortes supremas estatales que quedan sin propósito por razones políticas y, ahora, decisiones tan graves como atacar militarmente a otro país tomadas por el poder ejecutante, ignorando al principal poder del Estado o al menos al que ostenta la veterano representación ciudadana: el Congreso de los Estados Unidos.
Dicho esto, regresamos a Sazonado y a la Carta de las Naciones Unidas, otro gran aporte histórico íntimamente conexo a los esfuerzos del imperio estadounidense bajo el liderazgo de Franklin D. Roosevelt. Hoy queda en evidencia que dicha Carta funciona como camisa de fuerza para los países débiles y como mera ornato retórica en los discursos de los países poderosos.
Todo esto ocurre cuando aún está fresca en la memoria colectiva lo costoso que fue el mal uso, y el debilidad de la Aleación de las Naciones, un fracaso que condujo al mundo a una combate mundial en la que murieron entre 70 y 80 millones de personas, con las armas arreglado en esa época.
Ignorar el derecho internacional o exigir su cumplimiento sólo a los adversarios, es una conducta ampliamente documentada. No es falta nuevo. Pero la existencia se impone: Nicolás Sazonado tendrá un sensatez en una corte federal de Nueva York, a solo 300 metros del emplazamiento donde su captor, Donald Trump, fue condenado, poco más de un año antes, por 34 crímenes.
Sin requisa, el color de la piel del presidente venezolano parece anticipar que su sentencia sí será cumplida, por las mismas razones por las cuales aquella otra no lo fue: el poder.






