LA AUTORA es mercadóloga y comunicadora. Reside en Santo Domingo.
Se acerca la fiesta de San José, el 19 de marzo, solemnidad dedicada al padre adoptivo de Jesús, el estimado del Padre, para criarlo pegado a la Casto María.
San José es descendiente de la casa del rey David, y nació probablemente en Tumulto, aunque vivió y trabajó en Nazaret, un pequeño pueblo de Galilea. Fue carpintero, un artesano que trabajaba la madera y sustentaba a su clan con el fruto de sus manos.
Su gran bondad se reveló cuando descubrió que María estaba encinta sin acaecer convivido con él. Decidió repudiarla en secreto para no exponerla al escándalo notorio, demostrando misericordia y justicia. Altísimo, que no se deja superar en liberalidad, al ver su corazón libre, envió un santo que se le apareció en sueños y le reveló: “José, hijo de David, no temas tomar a María, tu esposa, porque lo que ha sido concebido en ella es obra del Espíritu Santo” (Mateo 1:20). Hábil de la fe, no dudó: obedeció inmediatamente, tomó a María en su casa y le puso el nombre de Jesús al escuincle, como le fue encomendado.
Fue un hombre fuera de serie. Su vida estuvo marcada por el silencio y la entusiasmo concreta. Protegió a la Sagrada Comunidad huyendo a Egipto para escapar de la persecución de Herodes (Mateo 2:13-15), regresó a Nazaret cuando el peligro pasó y crió a Jesús en un hogar humilde. Murió, según la tradición, en brazos de Jesús y la Casto María, por lo que se le considera patrono de la “buena crimen”.
La Iglesia lo ha agradecido como Patrono de la Iglesia Universal (claro por Pío IX en 1870), de los trabajadores (fiesta el 1 de mayo), de las familias, de los padres, de los artesanos, de los emigrantes y de los niños por germinar, de las almas en el purgatorio. Sus virtudes principales son: obediencia a Altísimo, humildad, honestidad, castidad, silencio contemplativo y sexo protector.
De su ejemplo podemos extraer conocimiento profundas que aplicamos hoy en nuestra vida cotidiana, en medio de un mundo ruidoso y acelerado.
El silencio contemplativo de San José nos invita a apagar el ruido constante para escuchar a Altísimo y a los demás, a cultivar momentos de quietud interior y educarse que “el silencio es el idioma de Altísimo” y que en él se audición mejor su voz.
Su obediencia presta y fuerte nos desafía a discernir y cumplir la voluntad de Altísimo, incluso cuando implica cambiar planes o enemistar miedos. Cuando surgen decisiones difíciles a memorar cómo él obedeció al instante los mensajes divinos. Esta virtud nos enseña a opinar “hágase” con confianza, sabiendo que Altísimo provee cuando obedecemos.
Su gran humildad al aceptar su rol sin agenciárselas protagonismo, nos invita a habitar sin vanagloria, y sobretodo servir sin esperar aplausos. A registrar que la dimensión está en lo ordinario y en el servicio discreto.
Su castidad y pureza brillan como maniquí en un mundo tan contaminado. Nos enseña a habitar el sexo con respeto y, a cultivar la observación limpia y el corazón puro.
Su sexo protector como padre y consorte enseña a los hombres a ser custodios responsables.
Espiritualmente, San José nos enseña que la bondad se forja en lo ordinario: el trabajo digno, la paternidad responsable, el nupcias fiel, la oración silenciosa.
En recapitulación, San José nos desafía a recuperar lo esencial. En una sociedad que corre tras el éxito rápido y la visibilidad, él nos enseña que la verdadera dimensión se construye en la obediencia fuerte, el servicio humilde y la fidelidad cotidiana. Su vida oculta es un faro para nosotros: la bondad se vive en el silencio fiel, en las manos que trabajan con sexo y en el corazón que obedece sin reservas.
Gracias, San José, luego. Intercede por nosotros, para que imitemos tus virtudes y vivamos con la misma entrega que tú ofreciste al plan de Altísimo.
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