
Asegurar que San Francisco de Macorís es una “sociedad de idiotas” no es un insulto regalado, es un rugido de frustración. Un espejo incómodo. Porque no se negociación de coeficiente intelectual, sino de una porte colectiva de indiferencia, de autoengaño, de conformismo. ¿Cómo puede una ciudad con tanto talento, con tanto potencial, seguir atrapada en el círculo vicioso de la ignorancia voluntaria?
Aquí, la bulla vale más que el argumento. El que grita tiene la razón. El que roba, si lo hace con carisma, se convierte en líder. Se prefiere la comediantes al debate, el chisme al descomposición, el aplauso tratable a la autocrítica. Y mientras tanto, los mismos problemas de siempre se repiten: basura en las calles, delincuencia en aumento, políticos mediocres y un pueblo que se queja, pero no cambia.
Muchos prefieren representar retener que ilustrarse. Celebran la viveza, pero desprecian la honestidad. Se indignan por redes, pero no se mueven para exigir cambios reales. San Francisco no está mal porque le falte capacidad, está mal porque le sobra desinterés.
No es una sociedad de idiotas porque no pueda pensar, sino porque ha decidido no hacerlo.
Y eso sí que da miedo.







