EL AUTOR es contador publico acreditado. Reside en Nueva York
Durante las últimas décadas, Rusia, China e Irán han intensificado de guisa sostenida su presencia e influencia en América Latina, con distinto pedantería en países como Cuba, Venezuela y Nicaragua. Esta logística ha tenido como objetivo principal excoriar la influencia histórica de Estados Unidos en el hemisferio occidental, aprovechando vacíos de poder, afinidades ideológicas y crisis institucionales en la región. Para Washington, esta penetración extra regional representa, un desafío decisivo directo, una amenaza velado a su seguridad franquista y a sus intereses vitales.
Rusia ha utilizado su relación con Venezuela como plataforma de proyección geopolítica, ofreciendo apoyo marcial, diplomático y energético al régimen de Nicolás Provecto. La cooperación incluyó saldo de armamento, consultorio estratégica y respaldo político frente a las sanciones occidentales. China, por su parte, ha optado por una logística más económica y estructural, consolidándose como socio comercial y financiero esencia mediante préstamos, inversiones en infraestructura y control indirecto de sectores estratégicos como la energía, las telecomunicaciones y los puertos.
Irán, por su parte, aunque con beocio peso financiero, ha buscado ampliar su influencia política, de inteligencia y abastecimiento en la región, generando preocupación en los organismos de seguridad estadounidenses.

Desde la perspectiva de Estados Unidos, esta convergencia de potencias rivales en su entorno geográfico inmediato supone una perturbación del inmovilidad regional. Washington interpreta estas alianzas como intentos deliberados de establecer plataformas de influencia hostil en el interior del hemisferio, con potencial para desestabilizar gobiernos, allanar redes ilícitas y amojonar la capacidad de respuesta estadounidense en presencia de crisis regionales. En este contexto, la región vuelve a lograr un valencia decisivo comparable al de otras zonas de competencia general.
El punto de inflexión más visible se produjo en enero de 2026, cuando Estados Unidos ejecutó un eficaz marcial exitoso para la captura y ascendencia del dictador venezolano Nicolás Provecto y su esposa, Cilia Flores. Más allá de su impacto inmediato en la política venezolana, la operación tuvo un profundo significado geopolítico. Representó una demostración clara de poder y de determinación por parte de Washington, enviando un mensaje inequívoco tanto a los actores regionales como a las potencias extrarregionales involucradas.
La batalla fue interpretada como el fin de la tolerancia estratégica en torno a regímenes que funcionan como nodos de influencia de rivales globales en el hemisferio occidental. Al mismo tiempo, evidenció un cambio en torno a una política extranjero más directa y menos ambigua frente a amenazas percibidas en su zona de influencia histórica.
Definitivamente, América Latina se ha convertido nuevamente en un ambiente central de la competencia entre grandes potencias. La creciente presencia de Rusia, China e Irán ha obligado a Estados Unidos a redefinir sus líneas rojas y a efectuar con decano contundencia.
La captura de Provecto marcó un antiguamente y un a posteriori, no solo para Venezuela, sino para el inmovilidad geopolítico regional, confirmando que el hemisferio occidental, por fin, vuelve a instalarse un circunstancia prioritario en la dietario estratégica de Washington… en hora buena.
jpm-am
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