
A José Miguel García y Noé Zayas
Premeditadamente de la verdad poética (tema que abordamos en la precedente entrega), un ejemplo destacado en ese sentido es el caso de Rumi, en cuya visión poética se empina una seso de vida que atraviesa toda su obra: la certeza de que en el universo carencia está separado, sino que todo conforma un Todo, que lo que llamamos parte es la expresión de una única verdad; y que, en su danza, se nos aparecen las realidades como manifestación de lo inmanifiesto. Y con esto, Rumi se adelantó 800 abriles a las ecuaciones formuladas por Max Planck, es opinar, a los postulados de la cuántica, en la que, como lo poetizara el poeta persa, lo existente es un campo de posibilidades, un infructifero resonante que excitado se fecunda y brotan así las apariencias… Entonces, no se tráfico de atribuirle a Rumi, anacrónicamente, un conocimiento verificado que no tuvo, sino aceptar poco más sutil y más ahondado: que su intuición poética penetró en la misma estructura de la verdad que hoy la física cuántica intenta describir prevalida de ecuaciones y argumentaciones que se formulan en tal sentido. Rumi no habló mediante fórmulas; habló en imágenes vivas. Y con ello fundó una verdad poética… No razonó la verdad: la habitó. Y eso es trascendente.
La física clásica veía el mundo como un tablero de cuadrantes independientes: objetos separados, causas lineales, trayectorias previsibles. La cuántica caldo a cambiar esa visión mostrando que, en el fondo, la verdad es relación, indeterminación, tembleque, probabilidades. Rumi, ocho centurias antiguamente, ya vivía poéticamente interiormente de ese campo. Para él, carencia estaba apartado; todo era danza, flujo, resonancia; lo que es igual a la certeza desde la experiencia en el ideal taocuántico.
Veamos este pasaje:
“Más allá de las ideas del proporcionadamente y del mal hay un campo. Allí nos encontraremos”,
En esta parte, Rumi no está proponiendo una diversión ético, sino señalando un plano más profundo de la verdad, un nivel previo a las categorías mentales con las que fragmentamos el mundo. Ese “campo” es una rudimentos cercana a lo que hoy la física fuego campo cuántico: un sustrato invisible donde las partículas no son cosas, sino excitaciones temporales de una dispositivo maduro; y que, en bucles de tiempo interiores, nos muestra el resplandor de su belleza, la verdad de su ser esencial… En Rumi, la conciencia despierta cuando entra en ese campo vivo donde todo es relacional, y nota que con sus iguales danza, crea, sostiene y transforma aquello a lo que llamamos verdad.
La cuántica nos dice que el observador no está separado de lo observado. El acto de contar altera el engendro. Rumi lo dice de otro modo, pero con igual radicalidad:
“Lo que buscas te está buscando a ti”.
Aquí se disuelve la distancia entre sujeto y objeto. No hay aquí un yo que mira el mundo desde fuera; hay un discusión, una co-creación. El querido y el Amado se reflejan mutuamente, son en resonancia templo y celebrante. La verdad no es poco transmitido, fijo, sino poco que sucede en la relación. Exactamente eso es lo que la cuántica ha revelado: que no hay hechos en desnudez aislada, sino eventos relacionales. La cuántica no concibe la idea de identidad sólida. Las partículas no son entidades estables; aparecen y desaparecen, se comportan como ondas y como corpúsculos o partículas según como se las observe. Rumi canta esa misma verdad ontológica cuando dice:
“Vende tu inteligencia
y adquisición desconcierto;
la inteligencia te ata,
el desconcierto te libera”.
La “inteligencia” a la que alude no es la sagacidad profunda, sino el pensamiento rígido que necesita fijar, concretar, cerrar. El “desconcierto” es el estado cuántico de la conciencia de quien está despierto: tolerancia, no-saber, disponibilidad al enigma. Sólo quien acepta no ser poco fijo puede participar de la danza de la Existencia Pura… Incluso pensemos en la rudimentos cuántica de superposición, la idea de que poco puede ser varias cosas a la vez hasta que se manifiesta, incluso vibra en la poesía de Rumi:
“No eres una chispa en el océano; eres el océano firme en una chispa”.
En esta parte, recuperamos poco ya señalado: que la parte contiene el Todo, que la identidad no se agota en una forma única. La chispa es chispa y océano a la vez. Quien está despierto es individuo y totalidad simultáneamente. La cuántica, desde otro verbo, llega a una intuición equivalente: el todo está implicado en cada parte, y las fronteras son más conceptuales que reales… Incluso digamos aquí, que poco de mención permanente en la cuántica es el entrelazamiento: partículas separadas por grandes distancias siguen comportándose como una sola, ya Rumi vivía como no-localidad, como experiencia espiritual. Veamos el próximo pasaje:
“Cuando el alma se une al silencio, las lenguas se separan”.
Y es así, la verdadera unión no depende de cercanía espacial ni de mediaciones externas. Hay una conexión más profunda, instantánea, silenciosa. El inclinación, para Rumi, es un engendro no particular: ocurre más allá del espacio y del tiempo, como el entrelazamiento cuántico ocurre más allá de la dialéctica de la física clásica.
Y está, finalmente, la danza; la imagen central de Rumi es el locución, el rotar en el placer de ser en acuerdo con todas las cosas , ser la música y el danzante a la vez. El universo, para él, es movimiento amoroso. Dice:
“¿Por qué te quedas tan ocupado con esta o aquella forma?
Respira hondo y suelta. Todo es una danza”.
Todo es tembleque. Todo es frecuencia, ritmo, oscilación. La danza de los derviches no es sólo un símbolo contemplativo, sino una intuición corporal de la estructura vibratoria del cosmos. Rumi lo vivenció desde el inclinación profundo. La cuántica llega al mismo límite por otro camino: el del experiencia, el cálculo. Ambas, sin incautación, coinciden en poco esencial: la verdad no es lo que parece a la inspección global. Es más profunda, más extraña, más unitaria y más poética de lo que la razón podía recibir.
Rumi puede ser culto hoy como un poeta cuántico: no porque anticipara teorías, sino porque habitó la verdad poética de un universo que en carencia es dispar a un maravilloso cerebro: pulsiones frecuenciales donde el observador participa, donde la identidad es fluida y donde el inclinación no es un sentimiento, sino la fuerza misma que mantiene en su danza al cosmos.







