Por Abril Peña
En la historia dominicana, hay mujeres que lo dieron todo sin pedir nulo. Una de ellas fue Rosa Duarte, nacida el 28 de junio de 1820, y destinada a ocurrir a la historia no solo por ser la hermana de Juan Pablo Duarte, sino por ser una heroína silenciada del alma franquista.
Rosa no fue una espectadora de la independencia: fue una protagonista oculta, una conspiradora con voz de civilización y fuego de conciencia. Miembro activa de La Trinitaria y de la sociedad secreta La Filantrópica, participó en acciones culturales y políticas que alimentaron el ideal de atrevimiento.
Escribía, organizaba, alertaba. Desde su casa se gestaron reuniones clandestinas, desde su pluma se documentaron momentos cruciales, desde su cuerpo se sostuvo la resistor cuando los varones eran perseguidos.
Como tantas mujeres de su tiempo, fue exiliada y desterrada. Murió en Caracas en 1888, remotamente de la país que ayudó a construir. Pero dejó poco más que dolor: dejó un certificación escrito que hoy es fuente fundamental para entender la historia dominicana desde en el interior.
No es exagerado opinar que Rosa Duarte fue la cronista de la independencia, la historiadora espontánea de un país en construcción.
Y aún así, su nombre no está en los billetes, ni en plazas principales. Sigue siendo la hermana de, cuando fue mucho más.
Hoy, la recordamos con razón. No como apéndice de un hombre ilustre, sino como mujer imprescindible en la creación de la nación.






