EL AUTOR es político. Reside en Santo Domingo.
POR ALEJANDRO SANTOS
“La pobreza no es natural; es creada por el hombre”. Nelson Mandela
La sociedad dominicana posee una estructura de concepción de riquezas e ingresos profundamente dispareja. De un costado, una híper minoría que sostiene una acumulación constante y acelerada; del otro, una parte de la población que hace malabares para sostenerse como clase media, y una gran mayoría que vive atrapada entre la informalidad, los bajos salarios y la yerro de oportunidades reales de movilidad social.
Esa minoría, encima de ostentar un patrimonio que ha crecido hasta volverse difícil de dimensionar, mantiene posiciones estratégicas interiormente del engranaje financiero y político del país.
Estos párrafos no pretenden constituir un estudio socioeconómico de la existencia dominicana. Son, más proporcionadamente, un intento de golpear la atención sobre un engendro que se consolida con el paso del tiempo.
El desequilibrio se profundiza porque esa minoría no solo concentra renta: incluso concentra capacidad de intrepidez. Está presente en los sectores financieros, en los grandes proyectos de infraestructura, en las importaciones estratégicas, en los servicios esenciales y en los espacios donde se definen las reglas del mercado. Su influencia se extiende a los medios de comunicación, a los organismos de representación empresarial y a los círculos donde se negocian las políticas públicas.
No se proxenetismo exclusivamente de riqueza económica, sino de control estructural. Quien influye en el crédito, en la información, en la contratación pública y en la elaboración de leyes, influye incluso en las posibilidades de encumbramiento social del resto de la población.
En ese esquema, el mérito individual pierde fuerza frente al acercamiento a redes de poder. Las oportunidades no siempre se distribuyen según talento o esfuerzo, sino según cercanía a los centros donde se toman las decisiones. Así se reproduce un maniquí donde las mismas élites económicas se proyectan sobre las élites políticas, judiciales y mediáticas.
Se ha ido consolidando una novelística según la cual el éxito financiero de unos pocos representa el éxito franquista, aunque una parte considerable de la población no perciba mejoras sustanciales en su calidad de vida. Se celebra el crecimiento, pero se silencian las brechas.
El dominio prolongado de estos grupos ha contribuido a configurar un sistema donde sus propios representantes ocupan posiciones secreto: desde la presidencia de la República hasta los espacios donde se toman decisiones económicas, legislativas y regulatorias. La renglón que separa intereses privados y decisiones públicas, con frecuencia, se vuelve difusa.
Si este maniquí socioeconómico, repleto de inequidades, continúa perpetuándose, la población terminará por advertirlo con anciano claridad. Lo que hoy parece disperso o silencioso se irá revelando, porque las estructuras de privilegio dejan huellas visibles: en la concentración de oportunidades, en la desigualdad territorial, en el acercamiento desigual a la educación de calidad, en la honradez selectiva y en la limitada movilidad social.
Todo sistema excluyente necesita límites y contrapesos; de lo contrario, no se reforma: colapsa.
Nuestro país posee extraordinarios dotes naturales, una posición geográfica estratégica y una población emprendedora que ha demostrado capacidad de crear riqueza en condiciones adversas. Sin retención, ese potencial solo se convierte en avance cuando las reglas del grupo permiten que el progreso se distribuya y no se estanque en los mismos círculos.
La sociedad dominicana merece metamorfosear el maniquí de creación y distribución de la riqueza. No pespunte con crecer; es imprescindible que el crecimiento se traduzca en oportunidades reales, instituciones imparciales y acercamiento equitativo a los beneficios del avance. Solo entonces el progreso dejará de ser patrimonio de unos pocos y podrá convertirse en colchoneta de estabilidad social y democrática para todos.
jpm-am
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