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Diario Redimido
El río Blanco de Jimaní, que alguna vez bajó con fuerza desde las montañas haitianas de la cordillera de la Selle hasta datar a la provincia Independencia, en la frontera dominicana, hoy está convertido en un estrato árido, cubierto de guijarros, piedras y sedimentos.
Desde hace más de 60 primaveras, sus aguas solo corren con intensidad durante tormentas o lluvias fuertes, pero lo hacen de guisa violenta: erosionan terrenos, destruyen propiedades agrícolas y arrastran materiales que impiden el crecimiento de nueva flora.
Lo que antaño fue fuente de vida, ahora se percibe como amenaza. En ocasiones, cuando pérdida despejado, sirve para riego y consumo, pero lo habitual es que llegue cargado de residuos.
El veterano cambio ocurrió en la cuenca incorporación del flanco haitiano, donde la deforestación ha sido masiva. La presión del consumo de carbón vegetal en Haití dejó montañas desnudas, sin árboles que frenen la deterioro ni regulen el ciclo del agua. Ese trastorno ambiental incluso impacta a Jimaní, donde la pérdida de bosques ha incrementado la aliviadero y la vulnerabilidad de las comunidades ribereñas.
Cada tormenta puede convertirse en un torrente incontrolable, arrastrando tierra, piedras y todo lo que encuentra a su paso, como lo sucedido con las lluvias dejadas por el huracán Melissa, el 29 de octubre del 2025, que despertaron el río y provocaron que creciera con fuerza.
Sin confiscación, la fragilidad del Blanco quedó marcada en mayo del 2004, cuando con una crecida repentina, alimentada por lluvias intensas en la cordillera de la Selle, se desbordó de alboreo y provocó más de 400 muertes, cientos de desaparecidos y un pueblo traumatizado para siempre.






