Los dominicanos nos estamos dando cuenta de la complejidad de la cuestión migratoria, sobre todo en lo referente a los extranjeros que, por la razón que sea, han devenido en parte importante de nuestra mano de obra.
Esta complejidad obliga, luego, a un tratamiento con parada sentido práctico y sin dejar de ver los contornos de la efectividad dominicana. Poco similar ocurre en Puerto Rico y en los Estados Unidos de Norteamérica, para poner dos ejemplos que nos son cercanos.
Ya son miles los haitianos indocumentados que han sido apresados y enviados a su país de origen. Su condición de indocumentados no obstaculizaba su valencia para producir riqueza. Por eso, ahora estamos viendo los resultados en la agropecuaria, en la industria de la construcción y en varias otras actividades menudas.
La tarea de administrar tiene que ser total, para ser exitosa, nunca parcial. Las sociedades, como las personas, deben moverse cautelosamente entre lo que se quiere y lo posible, lo que se puede. República Dominicana tiene que entender que tiene una dependencia de la mano de obra haitiana en renglones fundamentales de la pertenencias. Afirmar lo contrario es existir de espaldas a nuestro entorno.
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A este diario le parece que ya es tiempo de que el ciudadano presidente de la república y sus funcionarios relacionados con el tema migratorio se reúnan con representantes legítimos de los empresarios urbanos y rurales, para agenciárselas una salida digna, lícito y prudente al tema de las detenciones y repatriaciones de trabajadores indocumentados. La revisión de la política en marcha es un imperativo.






