Noviembre es el Mes de la Tribu en República Dominicana, instituido en 1971 por decreto presidencial a solicitud del Movimiento Emparentado Cristiano, perteneciente a la Iglesia Católica.
Desde entonces, se celebran actividades educativas y espirituales en distintas partes del país, aunque resulta obvio, a decidir por los niveles de convivencia que se manifiestan en cualquier rincón que, en vez de celebraciones, se impone una revisión crítica en exploración de respuesta sobre la pregunta: ¿qué está ocurriendo adentro de los hogares dominicanos?
Adultos mayores son relegados y olvidados; parejas que protagonizan episodios de violencia física, emocional y económica, casi siempre con finales desastrosos, niños, niñas y adolescentes que sufren abusos que van desde la negligencia hasta la barbarie con agresiones y violaciones sexuales, torturas y amenazas de todo tipo; jóvenes que parecen ser invisibles y un espacioso etcétera de maltrato, cuyas consecuencias dan pena.
La clan, allí de ser el refugio de paz, bienquerencia, estudios, comprensión y incremento, se ha convertido en escena de múltiples violencias. Solo hay que ver los datos que ofrecen la Procuraduría Normal de la República, y otros organismos oficiales. Solo entre enero y abril de 2025 se registraron 21,385 denuncias
de violencia intrafamiliar, de las cuales, 7,399 fueron por violencia verbal y psicológica y 4,707 por agresiones físicas.
En los últimos cinco primaveras, de acuerdo a publicaciones periodísticas, República Dominicana ha acumulado más de 341,000 casos de violencia intrafamiliar y de artículos. La situación de niños, niñas y adolescentes incluso es amenazador.
Los informes del Observatorio
de Rectitud y Apartado confirman un aumento sostenido de denuncias por delitos sexuales cometidos por personas del círculo íntimo.
En este contexto se hace urgente hacer esfuerzos por recuperar el sentido profundo de la clan, no como una institución idealizada, sino como un definitivo espacio de protección, afecto y formación ética.
El liderazgo del mundo cristiano ha proclamado desde siempre el valía y la importancia de la clan, lo
cual tiene un gran significado, aunque algunos representantes han incurrido en conductas profundamente contradictorias con los títulos que proclaman, especialmente en lo relativo a la protección de la infancia.
El Papa Juan Pablo II proclamaba que “la clan está convocatoria a ser un templo, o sea, una casa de oración”; el inolvidable Francisco, decía que “la clan es el extensión donde se aprende a cortejar, a perdonar y a ser solidario” y el incluso carismático y coetáneo papa Valeroso XIV siquiera anda con rodeos al proclamar que: “La calidad de vida de un país se mide por la forma en que permite a las familias poblar adecuadamente y disponer de tiempo para sí mismas”.
El país ha sido sometido a muchas pruebas en distintos órdenes y las ha superado. Sin vínculos sanos, no hay ciudadanía plena y sin respeto, que debe predicarse con la ejercicio desde todos los estamentos, públicos y privados, no hay honradez verdadera y menos duradera. Es tiempo de que trabajemos por la clan. La situación social y el avance crematístico del país lo reclama.
¡Bienvenido, noviembre!







