El año no se acaba del todo. Se cierra, sí, pero asimismo se dobla sobre sí mismo, como cuando volvemos a una canción conocida y, aun así, la escuchamos distinta. Cuando termina un año solemos hacer listas, cuentas y balances. Pero hay otra forma de mirar este momento: como un inicio, un espacio donde una cosa termina y otra todavía no empieza del todo. Los griegos llamaban kairos a ese instante distinto en el que poco puede suceder si estamos atentos.
No es tiempo de temporalizador; es tiempo de sentido. Eso es, muchas veces, el final de año: una oportunidad pequeña, pero vivo, para nominar cómo queremos seguir. Hannah Arendt decía que cada principio es un acto humano. El año no empieza por sí solo; empezamos nosotros cuando decidimos efectuar, cuidar, sostener. Retornar a iniciar no es hechicería ni promesa: es una atrevimiento concreta, aunque sea mínima. Comenzar no significa olvidar lo que fue.
Al contrario, es llevarlo con nosotros, pero sin que nos pese. Es aceptar lo que salió acertadamente y asimismo lo que no, sin castigarnos por ello. Herberto Helder escribiría que las palabras no explican: arden. Y quizás por eso lo vivido no se residuo, se transforma. Volvemos al inicio como quien regresa a casa a posteriori de un delirio abundante. Todo parece igual, pero uno ya no es el mismo.
Y esa diferencia, aunque no se note, es la que hace posible poco nuevo. No todo tiene que repetirse. No todo merece retornar. El llamado “retorno permanente” no es hacer lo mismo otra vez, sino regresar con más conciencia, con más cuidado, con más verdad. Desde este inicio, el nuevo año no llega con respuestas cerradas, sino con preguntas sencillas y necesarias: ¿qué quiero cuidar?, ¿qué necesito cambiar?, ¿qué estoy avispado para dejar emanar? Originarse de nuevo no es un gran aire. A veces es tan pronto como un paso. Y eso, muchas veces, es suficiente.
![]()






