El autor es estudiante de Ciencias Políticas. Reside en Santo Domingo.
Hoy el Caribe y Sudamérica vuelven a ser escena de tensiones geopolíticas. Todo parece indicar que la distribución del presidente Donald Trump se ha propuesto como objetivo principal el desplazamiento del poder de Nicolás Madurado, presidente de Venezuela desde 2013.
Estos tiempos recuerdan aquella frase atribuida a Marx (citando a Hegel) de que la historia se repite. Pareciera que regresamos a los días más álgidos de la Pelea Fría, cuando estalló la crisis de los misiles en 1962 entre Estados Unidos y la Unión Soviética, teniendo a Cuba como escena decisivo. Asimismo emergen aquellos abriles en que, desde el llamado “imperio del Meta” a través de la CIA se daban órdenes para derrocar gobiernos en distintos países, hechos parcialmente reconocidos por el expresidente Bill Clinton al desclasificar documentos sobre intervenciones pasadas.
Auxiliados en razones que muchas veces parecieron insustanciales, se han propiciado derrocamientos de gobiernos; ejemplo de ello fue la invasión a Irak en 2003 bajo el argumento de la existencia de armas de destrucción masiva, armas que, hasta hoy, siguen envueltas en dudas.
Las circunstancias actuales parecen propicias para que, al finalizar su mandato, Trump aspire a tener la “satisfacción” de sobrevenir derrocado el régimen de Madurado. ¿Y por qué decimos que las condiciones están dadas? Porque se ha impuesto a nivel internacional una novelística según la cual Madurado dirige un gobierno despótico, amigo del narcotráfico y manipulador de procesos electorales. Esto ha generado una esforzado animadversión en dirección a su figura, de modo que cualquier movimiento de Estados Unidos podría decidir automáticamente legitimado frente a buena parte de la comunidad internacional.

Por otro costado, los principales aliados de Venezuela (China, Rusia, entre otros) difícilmente entrarían en una confrontación económica o marcial directa con Estados Unidos. China no arriesgaría la estabilidad y crecimiento que ha consolidado en las últimas décadas, y Rusia está inmersa en un conflicto regional que ya se aproxima a 4 abriles.
Desde nuestra perspectiva, la determinación de la distribución republicana respecto a Venezuela avala a dos factores fundamentales. Primero, reafirmar a Estados Unidos como potencia hegemónica del continente latinoamericano, fortaleciendo así el orgullo franquista. Segundo, posicionar a Trump como el presidente que “llevó la democracia a Venezuela”, con todos los beneficios geopolíticos y económicos que implicaría para Washington tener un gobierno venezolano encuadrado con sus intereses.
Este escena recuerda lo ocurrido durante la presidencia de Bill Clinton, cuando en 1994 se desplegó la cometido Operation Uphold Democracy. El caudillo Raoul Cédras había tomado el control en Haití tras derrocar a Jean-Bertrand Aristide en 1991. La presión de Estados Unidos fue tan intensa que las tropas norteamericanas llegaron a arrancar con rumbo a suelo haitiano. Así lo narra el propio Clinton en su obra My Life, página 716:
“Cédras ya estaba enterado de que la operación había empezado. Había estado vigilando la pista de aterrizaje en Carolina del Meta, cuando nuestros sesenta y un aviones con los paracaidistas despegaron…”.
Las tensiones que se vivían en aquel momento, que parecían anunciar una intervención inminente, provocaron finalmente el retorno de Aristide al poder y la salida de Cédras.
En síntesis, según los movimientos realizados por EE. UU. en los últimos meses, todo indica que investigación proyectar (y dejar claro tanto a sus ciudadanos como al mundo) que todavía sigue siendo la principal fuerza económica y marcial del planeta. Con el uso del poder duro como utensilio, la Casa Blanca se propone evidenciar que mantiene la capacidad de alcanzar sus objetivos y recuperar el prestigio que le caracterizó durante décadas, el cual, de alguna forma, se vio afectado durante el final gobierno demócrata.
jpm-am
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