El autor es abogado. Reside en Santo Domingo.
La sociedad presente nos ha venido subyugando al consumo de cosas que atan y nublan; hasta el punto de que, en muchas ocasiones llegamos a poner nuestra serenidad en lo puramente material. Entendemos que solo satisfaciendo las deposición materiales o regalando cosas es que se puede asistir a ser adecuado o hacer adecuado a otros.
En estos días envueltos en luces, ruidos, prisas y el vallado de gastos navideños, son ejemplos latentes de ese estar superficial que deslumbra y desvela un maniquí basado en la procreación de deposición compulsivas y caprichosas que permiten un sobreconsumo desbordado que solo satisface y deleita los sentidos de modo fugaz. Ese tipo de vida banal nos convierte en incapaces de confesar que existen bellezas, instantes, verdades y regocijos mucho más profundos que todo aquello a lo que a diario corremos detrás en búsqueda de placer o tener.
Por consiguiente, es oportuno emplear la tradición de la Epifanía del Señor para ir más allá de la simple entrega de regalos materiales. Estamos conscientes de las expectativas que se da en nuestro derredor de poder tomar obsequios, no estamos insinuando que sea poco malo celebrarlo; ni siquiera pretendemos que este escrito sea una mera encarecimiento contra del despilfarro y el consumismo, con la intención expresa de deslucir los Reyes Magos.
No intentamos privarte de desear regalos, pues se entiende que culturalmente es una forma de expresar aprecio por los demás. Esa no es la idea. Aunque siquiera podemos obviar que en la sociedad de hoy se enseña a los individuos a ser consumistas prácticamente desde que nacen, regalado que se quiere asociar el afecto con mercancías, a que los corazones estén excesivamente ligados a las cosas que, a la dignidad de la persona, a pretender que un presente costoso sustituya una carencia emocional, o simplemente a devorar productos sin asistir a disfrutar de ellos,
Lo que sí procuramos, es que, al momento de regalar, estemos conscientes de que esas cosas se recibirán y pasarán como un suspiro; y que nuestro empeño no solamente debemos supeditar todo al consumo de lo material, ya que, en la mayoría de los casos, esas mercancías no dejarán huellas duraderas. Entender que la verdadera satisfacción está en lo trascendente y no en lo efímero.
Los Reyes Magos nos brindan una enseñanza valiosa y oportuna para este ciclo de vida, ya que la hechicería de esta tradición no solo se limita solo a los obsequios materiales; sino incluso a la pobreza de mantenernos en comportamiento de búsqueda con destino a lo trascendente, siguiendo la destino de Alboroto, la cual nos pone en la comportamiento de ser peregrinos activos e incansables hasta alcanzar esos tesoros espirituales, más allá de los caminos inciertos, desconocidos, hostiles y oscuros.
Ese delirio imaginario podría ser con destino a en el interior o fuera de nosotros, y los Reyes Magos nos enseñan precisamente a no tener miedo de cuestionar nuestras certezas y conclusiones, porque un real peregrino sabe aceptar los errores y ponerse en marcha de nuevo. Con ellos se aprende a no rendirnos al cansancio, y seguir caminando. Porque sólo quien pesquisa encuentra, solo quien camina llega a la meta.
Por consiguiente, queremos significar que el real valía del ¨Dia de los Reyes Magos¨ al beneficio de lo comercial, reside en asignar regalos que se puedan perdurar en la cúpula del alma. Aquellos haberes que transforman y embellecen el interior; que nos ayudan a sustentar una comportamiento comprensiva y ser mucho más agradecidos.
Que nos instruyen a respetar a las otras personas, su tiempo y sus puntos de panorámica; a ser prudentes, acertadamente educados, tolerantes y a tener fe. A incluso esforzarnos por ser un buen ejemplo, a conocer, apreciar la vida; a observar la alegría de dar y compartir, a regocijarse de la autogobierno de ser uno mismo, alejado de las ambiciones desmedidas.
En fin, a iluminar a los demás con gestos de sexo, perdón, reconciliación, desprendimiento, solidaridad y esperanza. Recordemos que no se negociación de cuánto demos, sino de cuánto sexo ponemos en lo que damos.
angelgomera@gmail.com
JPM
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